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Era Estefana una negra de doce años , hija de esclavos nuestros : su índole y belleza la hacían simpática para todos . Tenía un afecto fanático por su señorita María , la cual se esmeraba en hacerla vestir graciosamente . Llegó Estefana poco después que mi padre y el señor de M * * * ; y convencida de que podía acercarse ya , me presentó una copa que contenía naranja preparada con vino y azúcar . - Hombre , su hijo de usted vive aquí como un rey - dijo don Jerónimo a mi padre ; éste le repuso , a tiempo que daban vuelta al grupo de naranjos para tomar el camino de la casa : - Seis años ha vivido como estudiante , y le faltan por vivir así otros cinco cuando menos . Capítulo XXVIII Aquella tarde , antes de que se levantasen las señoras a preparar el café , como lo hacían siempre que había extraños en casa , traje a conversación las pescas de los niños y referí la causa por la cual les había ofrecido presenciar aquel día la colocación de los anzuelos en la quebrada . Se aceptó mi propuesta de elegir tal sitio para paseo . Solamente María me miró como diciéndome : « ¿ conque no hay remedio ? » . Atravesábamos ya el huerto . Fue necesario esperar a María y también a mi hermana , quien había ido a averiguar la causa de su demora . Daba yo el brazo a mi madre . Emma rehusó cortésmente apoyarse en el de Carlos , so pretexto de llevar de la mano a uno de los niños : María lo aceptó casi temblando , y al poner la mano en él , se detuvo a esperarme ; apenas fue posible significarle que era necesario no vacilar . Habíamos llegado al punto de la ribera donde en la hoya de la vega , alfombrada de fina grama , sobresalen de trecho en trecho piedras negras manchadas de musgos blancos . La voz de Carlos tomaba un tono confidencial : hasta entonces había estado sin duda cobrando ánimo y empezaba a dar un rodeo para tomar buen viento . María intentó detenerse otra vez : en sus miradas a mi madre y a mí había casi una súplica ; y no me quedó otro recurso que procurar no encontrarlas . Vio en mi semblante algo que le mostró el tormento a que estaba yo sujeto , pues en su rostro ya pálido noté un ceño de resolución extraño en ella . Por el continente de Carlos me persuadí de que era llegado el momento en que deseaba yo escuchar . Ella empezaba a responderle , y como su voz , aunque trémula , era más clara de lo que él parecía desear , llegaron a mis oídos estas frases interrumpidas : - Habría sido mejor que usted hablase solamente con ellos . . . Sé estimar el honor que usted . . . Esta negativa . . . Carlos estaba desconcertado : María se había soltado de su brazo , y acabando de hablar jugaba con los cabellos de Juan , quien asiéndola de la falda , le mostraba un racimo de adorotes colgante del árbol inmediato .
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