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Lo que hay es otra cosa : yo tengo que casarme ; y me halagaba la idea de entrar a tu casa , de ser casi tu hermano . No ha sucedido así , pero en cambio buscaré una mujer que me ame sin hacerme merecedor de tu odio , y . . . - ¡ De mi odio ! - exclamé interrumpiéndole . - Sí ; dispensa mi franqueza . ¡ Qué niñería ! ; no ; ¡ qué imprudencia habría sido ponerme en semejante situación ! Bello resultado : pesadumbres para tu familia , remordimiento para mí , y la pérdida de tu amistad . - Mucho debes de amarla - continuó después de una pausa - ; mucho , puesto que pocas horas me han bastado para conocerlo , a pesar de lo que has procurado ocultármelo . ¿ No es verdad que la amas así como creíste llegar a amar cuando tenías dieciocho años ? - Sí - le respondí seducido por su noble franqueza . - ¿ Y tu padre lo ignora ? - No . - ¿ No ? - preguntó admirado . Entonces le referí la conferencia que había tenido días antes con mi padre . - ¿ Conque todo , todo lo arrostras ? - me interrogó maravillado apenas hube concluido mi relación - . ¿ Y esa enfermedad que probablemente es la de su madre ? . . . ¿ Y vas a pasar quizá la mitad de tu vida sentado sobre una tumba . . . ? Estas últimas palabras me hicieron estremecer de dolor : ellas , pronunciadas por boca de un hombre a quien no otra cosa que su afecto por mí podía dictárselas ; por Carlos , a quien ninguna alucinación engañaba , tenían una solemnidad terrible , más terrible aún que el sí con el cual acababa yo de contestarlas . Púseme en pie , y al ofrecerle mis brazos a Carlos , me estrechó casi con ternura entre los suyos . Me separé de él abrumado de tristeza , pero libre ya del remordimiento que me humillaba cuando nuestra conferencia empezó . Volví al salón . Mientras mi hermana ensayaba en la guitarra un vals nuevo , María me refirió la conversación que al regreso del paseo había tenido con mi padre . Nunca se había mostrado tan expansiva conmigo : recordando ese diálogo , el pudor le velaba frecuentemente los ojos y el placer le jugaba en los labios . Capítulo XXIX La llegada de los correos y la visita de los señores de M * * * habían aglomerado quehaceres en el escritorio de mi padre . Trabajamos todo el día siguiente , casi sin interrupción ; pero en los momentos que nos reuníamos con la familia en el comedor , las sonrisas de María me hacían dulces promesas para la hora de descanso : a ellas les era dable hacerme leve hasta el más penoso trabajo . A las ocho de la noche acompañé a mi padre hasta su alcoba , y respondiendo a mi despedida de costumbre , añadió : - Hemos hecho algo , pero nos falta mucho . Conque hasta mañana temprano . En días como aquél , María me esperaba siempre por la noche en el salón , conversando con Emma y mi madre , leyéndole a ésta algún capítulo de la Imitación de la Virgen o enseñando oraciones a los niños .
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