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María soltó los que tenía en ese momento en la mano . - ¿ Qué es ? - le preguntó él , volviendo la cabeza para verla . - Que voy a peinarlos para recortar mejor . - ¿ Sabes por qué se cayeron y encanecieron tan pronto ? - le preguntó después de dictarme una frase . - No , señor . - Cuidado , niño , con equivocarse . María se sonrojó , mirándome con todo el disimulo que era necesario para que mi padre no lo notase en el espejo de la mesa de baño , que tenía al frente . - Pues cuando yo tenía veinte años - prosiguió - , es decir , cuando me casé , acostumbraba bañarme la cabeza todos los días con agua de Colonia . Qué disparate , ¿ no ? - Y todavía - observó ella . Mi padre se rió con aquella risa armoniosa y sonora que acostumbraba . Yo leí el final de la frase escrita , y él , dictada otra , continuó su diálogo con María . - ¿ Está ya ? - Creo que sí ; ¿ no ? - añadió consultándome . Cuando María se inclinó a sacudir los recortes de cabellos que habían caído sobre el cuello de mi padre , la rosa que ella llevaba en una de las trenzas le cayó a él a los pies . Iba ella a alzarla , pero mi padre la había tomado ya . María volvió a ocupar su puesto tras de la silla , y él le dijo después de verse en el espejo detenidamente : - Yo te la pondré ahora donde estaba , para recompensarte lo bien que lo has hecho - y acercándose a ella , agregó , colocando la flor con tanta gracia como lo hubiera podido Emma - : todavía se me puede tener envidia . Detuvo a María , que se mostraba deseosa de retirarse por temor de lo que él pudiera añadir , besóle la frente y le dijo en voz baja : - Hoy no será como ayer ; acabaremos temprano . Capítulo XXXI Serían las once . Terminado el trabajo , estaba yo acodado en la ventana de mi cuarto . Aquellos momentos de olvido de mí mismo , en que mi pensamiento se cernía en regiones que casi me eran desconocidas ; momentos en que las palomas que estaban a la sombra en los naranjos agobiados por sus racimos de oro , se arrullaban amorosas ; en que la voz de María , arrullo más dulce aún , llegaba a mis oídos , tenían un encanto inefable . La infancia , que en su insaciable curiosidad se asombra de cuanto la naturaleza , divina enseñadora , ofrece nuevo a sus miradas ; la adolescencia , que adivinándolo todo , se deleita involuntariamente con castas visiones de amor . . . presentimiento de una felicidad tantas veces esperada en vano ; sólo ellas saben traer aquellas horas no medidas en que el alma parece esforzarse por volver a las delicias de un Edén - ensueño o realidad - que aún no ha olvidado . No eran las ramas de los rosales , a los que las linfas del arroyo quitaban leves pétalos para engalanarse fugitivas ; no el vuelo majestuoso de las águilas negras sobre las cimas cercanas , no era eso lo que veían mis ojos ; era lo que ya no veré más ; lo que mi espíritu quebrantado por tristes realidades no busca , o admira únicamente en sus sueños : el mundo que extasiado contemplé a los primeros albores de la vida .
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