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Ya no volveré a admirar aquellos cantos , a respirar aquellos aromas , a contemplar aquellos paisajes llenos de luz , como en los días alegres de mi infancia y en los hermosos de mi adolescencia : ¡ extraños habitan hoy la casa de mis padres ! Apagábase la tarde al día siguiente , cuando mi padre y yo subíamos la verde y tendida falda para llegar a la casa de la sierra . Las yeguadas que pastaban en la vereda y sus orillas , nos daban paso resoplando asustadas , y los pellares se levantaban de las márgenes de los torrentes para amenazarnos con su canto y revuelos . Divisábamos ya de cerca el corredor occidental , donde estaba la familia esperándonos ; y allí volvió mi padre a encargarme ocultara la causa de nuestra demora y procurase aparecer sereno . Capítulo XXXIV No todas las personas que nos aguardaban estaban en el corredor : no descubrí entre ellas a María . Algunas cuadras antes de llegar a la puerta del patio , a nuestra izquierda y sobre una de las grandes piedras desde donde se domina mejor el valle , estaba ella de pie , y Emma la animaba para que bajase . Nos les acercamos . La cabellera de María , suelta en largos y lucientes rizos , negreaba sobre la muselina de su traje color verdemortiño : sentóse para evitar que el viento le agitase la falda , diciendo a mi hermana , que se reía de su afán : - ¿ No ves que no puedo ? - Niña - le dijo mi padre entre sorprendido y risueño - , ¿ cómo has logrado subirte ahí ? Ella , avergonzada de la travesura , acababa de corresponder a nuestro saludo , y contestó : - Como estábamos solas . . . - Es decir - le interrumpió mi padre - , que debemos irnos para que puedas bajar . ¿ Y cómo bajó Emma ? - Qué gracia , si yo le ayudé . - Era que yo no tenía susto . - Vámonos , pues - concluyó mi padre dirigiéndose a mí - ; pero cuidado . . . Bien sabía él que yo me quedaría . María acababa de decirme con los ojos : « no te vayas » . Mi padre volvió a montar y se dirigió a la casa : mi caballo siguió poco a poco el mismo camino . - Por aquí fue por donde subimos - me dijo María mostrándome unas grietas y hoyuelos en la roca . Al acabar yo mi maniobra de ascenso , me extendió la mano , demasiado trémula para ayudarme , pero muy deseada para que no me apresurase a estrecharla entre las mías . Sentéme a sus pies y ella me dijo : - ¿ No ves qué trabajo ? ¿ Qué habrá dicho papá ? Creerá que estamos locas . Yo la miraba sin contestarle : la luz de sus ojos , cobardes ante los míos , y la suave palidez de sus mejillas , me decían como en otros momentos , que en aquél era ella tan feliz como yo . - Me voy sola - repitió Emma , a quien habíamos oído mal su primera amenaza - ; y se alejó algunos pasos para hacernos creer que iba a cumplirla . - No , no ; espéranos un instante no más - le suplicó María poniéndose en pie .
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