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Una vez tomada la poción , mi madre me entregó el vaso y María volvió a colocar suavemente a mi padre sobre las almohadas . - ¡ Ay ! ¡ Jesús ! ¡ cómo se ha postrado ! - me dijo ésta en voz muy baja , luego que estuvimos cerca de la mesa donde colocaba ella la luz . - Esa bebida es narcótica - le indiqué por tranquilizarla . - Pero el delirio no es tan constante ya . ¿ Qué te ha dicho el doctor ? - Que es necesario esperar un poco para hacer remedios más enérgicos . - Vete a acostar , que con nosotras hay ya : oye , son las tres y media . Yo despertaré a Emma para que me acompañe , y tú conseguirás que mamá descanse también un rato . - Te has puesto pálida ; esto va a hacerte muchísimo daño . Ella estaba frente al espejo del tocador de mi madre , y se miró en él pasándose las manos por las sienes para medio arreglarse los cabellos al responderme : - No tanto : verás cómo nada se me nota . - Si descansas un rato ahora , puede ser ; te haré llamar cuando sea de día . Conseguí que las tres me dejaran solo , y me senté a la cabecera . El sueño del enfermo continuó intranquilo , y a veces se le percibían palabras mal articuladas del delirio . Durante una hora desfilaron en mi imaginación todos los cuadros horrorosos que vendrían en pos de una desgracia , en la cual no podía detenerme a pensar sin que se contrajera mi corazón dolorosamente . Empezaba a amanecer : algunas líneas luminosas entraban por las rendijas de las puertas y ventanas ; la luz de la lámpara fue haciéndose más y más pálida : se oían ya los cantos de los coclíes y los de las aves domésticas . Entró el doctor . - ¿ Lo han llamado a usted ? - le pregunté . - No ; es que necesito estar aquí ahora . ¿ Cómo ha continuado ? Le indiqué lo que había yo observado ; tomó el pulso , mirando al mismo tiempo su reloj . - Absolutamente nada - dijo como para sí - . ¿ La bebida ? - añadió . - La ha tomado una vez más . - Démosle otra toma ; y para no incomodarlo de nuevo , le pondremos ahora los cáusticos . Hicímoslo todo ayudados por Emma . El médico estaba visiblemente preocupado . Capítulo XXXVII Después de tres días , la fiebre resistía aún a todos los esfuerzos del médico para combatirla : los síntomas eran tan alarmantes que ni a él mismo le era posible ocultar en ciertos momentos la angustia que lo dominaba . Eran las doce de la noche . El doctor me llamó disimuladamente al salón para decirme : - Usted no desconoce el peligro en que se halla su padre : no me queda ya otra esperanza que la que tengo en los efectos de una copiosa sangría que voy a darle , para lo cual está preparado convenientemente . Si ella y los medicamentos que ha tomado esta tarde , no producen de aquí al amanecer una excitación y un delirio crecientes , es difícil conseguir ya una crisis . Es tiempo de manifestar a usted - continuó después de alguna pausa - que si al venir el día no se hubiere presentado esa crisis , nada me resta por hacer . Por ahora haga usted que la señora se retire , porque , suceda o no lo que deseo , ella no debe estar en la habitación : es más de media noche , y ése es un buen pretexto para suplicarle tome algún descanso . Si usted lo juzga conveniente , ruegue también a las señoritas que nos dejen solos .
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