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Capítulo XLII Al amanecer del día en que el jefe de los Kombu - Manez había ordenado se diera principio a las pomposas fiestas que se hacían en celebración del desposorio de Sinar , éste , Nay y el misionero bajaron sigilosamente a la ribera del Gambia , y buscando allí el sitio más recóndito , el misionero se detuvo y les habló así : - El Dios que os he hecho amar , el Dios que adorarán vuestros hijos , no desdeña por templo los pabellones de palmeras que nos ocultan ; y en este instante os está viendo . Pidámosle que os bendiga . Adelantándose con ellos a la orilla , dijo lentamente y con voz solemne una oración que los amantes repitieron arrodillados a uno y otro lado del sacerdote . En seguida les derramó agua sobre las cabezas pronunciando las palabras del bautismo . El ministro permaneció orando solo algún espacio , y acercándose de nuevo a Nay y Sinar , les hizo enlazarse las manos , y antes de bendecírselas dijo a uno y otro palabras que Nay no olvidó jamás . Era ya la última noche que los nobles de la tribu pasaban en casa de Magmahú en danzas y festines . Hermosas mujeres los rodeaban , y ellas y ellos ostentaban sus más bellas joyas y vestidos . Magmahú , por su gigantesca estatura y lo lujoso del traje que llevaba , se distinguía en medio de los guerreros , así como Nay había humillado durante seis días con sus galas y encantos a las más bellas esposas y esclavas de los Kombu - Manez . Hachones de resinas aromáticas , sostenidos por cráneos perforados de Cambez , muertos en los combates por Magmahú , iluminaban los espaciosos aposentos . Si por momentos cesaban las músicas marciales , eran reemplazadas por la blanda y voluptuosa de las liras . Los convidados apuraban con exceso caros y enervantes licores ; y todos habían ido rindiéndose lentamente al sueño . Sinar , huyendo de la algazara de la fiesta , descansaba en un lecho de sus habitaciones mientras Nay le refrescaba la frente con un abanico de plumas perfumadas . De improviso se oyeron en el bosque vecino algunas detonaciones de fusiles seguidas de otras y otras que se acercaban a la morada de Magmahú . Él llamó con voz estentórea a Sinar , quien empuñando un sable salió precipitadamente en su busca . Nay estaba abrazada a su esposo cuando Magmahú decía a éste : - ¡ Los Cambez ! . . . ¡ Son ellos ! . . . ¡ Morirán degollados ! - añadía removiendo inútilmente a los valientes tendidos inertes sobre los divanes y pavimentos . Algunos hacían esfuerzos para ponerse en pie ; pero a los más les era imposible . El estruendo de las armas y los gritos de guerra se acercaban . Incendiadas las casas de la población más próxima a la ribera , un resplandor rojizo iluminaba el combate , y heridos de él relampagueaban los sables de los lidiadores . Magmahú y Sinar , sordos a los alaridos de las mujeres , sordos a los lamentos de Nay , corrían hacia el sitio en que la pelea era más encarnizada , a tiempo que una masa compacta y desordenada de soldados se dirigía a la casa del jefe achantea llamándole a él y a Sinar con enronquecidas voces . Trataron de parapetarse en las habitaciones de Magmahú ; pero todo fue inútil , y tardío ya el coraje con que los jefes extranjeros combatían y animaban a los guerreros Kombu - Manez .
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