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Capítulo XLIV El cura había administrado los sacramentos a la enferma . Dejando el médico a la cabecera , monté para ir al pueblo a disponer lo necesario para el entierro y a poner en el correo aquella carta fatal dirigida al señor A * * * . Cuando regresé , Feliciana parecía menos quebrantada y el médico había concebido una ligera esperanza . Ella me preguntó por cada uno de los de la familia , y al mencionar a María , dijo : - ¡ Quién pudiera verla antes de morir ! ¡ Yo le habría recomendado tanto a mi hijo ! Y luego , como para satisfacerme por la preferencia que manifestaba hacia ella , agregó : - Si no hubiera sido por la niña , ¿ qué sería de él y de mí ? La noche fue muy mala para la enferma . Al día siguiente , sábado , a las tres de la tarde , el médico entró a mi cuarto diciéndome : - Morirá hoy . ¿ Cómo se llamaba el marido de Feliciana ? - Sinar - le respondí . - ¡ Sinar ! ¿ y qué se ha hecho ? En el delirio pronuncia ese nombre . No tuve la condescendencia de tratar de enternecer al doctor refiriéndole las aventuras de Nay , y pasé a la habitación de ella . El médico decía la verdad : iba a morir y sus labios pronunciaban sólo ese nombre cuya elocuencia no podían medir las esclavas que la rodeaban , ni aun su mismo hijo . Me acerqué para decirle , de modo que pudiese oírme : - ¡ Nay ! ¡ Nay ! . . . Abrió los ojos enturbiados ya . - ¿ No me conoces ? Hizo con la cabeza una señal afirmativa . - ¿ Quieres que te lea algunas oraciones ? Hizo la misma señal . Eran las cinco de la tarde cuando hice que alejaran a Juan Ángel del lecho de su madre . Aquellos ojos que tan hermosos habían sido , giraban amarillentos y ya sin luz en las órbitas ahuecadas : la nariz se le había afilado : los labios , graciosos aunque ligeramente gruesos , retostados ahora por la fiebre , dejaban ver los dientes que ya no humedecían : con las manos crispadas sostenía sobre el pecho un crucifijo , y se esforzaba en vano por pronunciar el nombre de Jesús , que yo le repetía ; nombre del único que podía devolverle a su esposo . Había anochecido cuando espiró . Luego que las esclavas la vistieron y colocaron en un ataúd , cubierta desde la garganta hasta los pies de un lino blanco , fue puesta en una mesa enlutada , en cuyas cuatro esquinas había cirios encendidos . Juan Ángel a la cabecera de la mesa derramaba lágrimas sobre la frente de su madre , y de su pecho enronquecido por los sollozos salían lastimeros alaridos . Mandé orden al capitán de la cuadrilla de esclavos para que aquella noche la trajese a rezar en casa . Fueron llegando silenciosos , y ocupando los varones y niños toda la extensión del corredor occidental ; las mujeres se arrodillaron en círculo alrededor del féretro ; y como las ventanas del cuarto mortuorio caían al corredor , ambos grupos rezaban a un mismo tiempo . Terminado el rosario , una esclava entonó la primera estrofa de una de esas salves llenas de la dolorosa melancolía y los desgarradores lamentos de algún corazón esclavo que oró . La cuadrilla repetía en coro cada estrofa cantada , armonizándose las graves voces de los varones con las puras y dulces de las mujeres y de los niños . Éstos son los versos que de aquel himno he conservado en la memoria :
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