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Ya en el salón , mi padre para retirarse , les besó la frente a sus hijas . Quiso mi madre que yo viera el cuarto que se me había destinado . Mis hermanas y María , menos tímidas ya , querían observar qué efecto me causaba el esmero con que estaba adornado . El cuarto quedaba en el extremo del corredor del frente de la casa : su única ventana tenía por la parte de adentro la altura de una mesa cómoda ; en aquel momento , estando abiertas las hojas y rejas , entraban por ella floridas ramas de rosales a acabar de engalanar la mesa , en donde un hermoso florero de porcelana azul contenía trabajosamente en su copa azucenas y lirios , claveles y campanillas moradas del río . Las cortinas del lecho eran de gasa blanca atadas a las columnas con cintas anchas color de rosa ; y cerca de la cabecera , por una fineza materna , estaba la Dolorosa pequeña que me había servido para mis altares cuando era niño . Algunos mapas , asientos cómodos y un hermoso juego de baño completaban el ajuar . - ¡ Qué bellas flores ! - exclamé al ver todas las que del jardín y del florero cubrían la mesa . - María recordaba cuánto te agradaban - observó mi madre . Volví los ojos para darle las gracias , y los suyos como que se esforzaban en soportar aquella vez mi mirada . - María - dije - va a guardármelas , porque son nocivas en la pieza donde se duerme . - ¿ Es verdad ? - respondió - ; pues las repondré mañana . ¡ Qué dulce era su acento ! - ¿ Tantas así hay ? - Muchísimas ; se repondrán todos los días . Después que mi madre me abrazó , Emma me tendió la mano , y María , abandonándome por un instante la suya , sonrió como en la infancia me sonreía : esa sonrisa hoyuelada era la de la niña de mis amores infantiles sorprendida en el rostro de una virgen de Rafael . Capítulo IV Dormí tranquilo , como cuando me adormecía en la niñez uno de los maravillosos cuentos del esclavo Pedro . Soñé que María entraba a renovar las flores de mi mesa , y que al salir había rozado las cortinas de mi lecho con su falda de muselina vaporosa salpicada de florecillas azules . Cuando desperté , las aves cantaban revoloteando en los follajes de los naranjos y pomarrosos , y los azahares llenaron mi estancia con su aroma tan luego como entreabrí la puerta . La voz de María llegó entonces a mis oídos dulce y pura : era su voz de niña , pero más grave y lista ya para prestarse a todas las modulaciones de la ternura y de la pasión . ¡ Ay ! ¡ cuántas veces en mis sueños un eco de ese mismo acento ha llegado después a mi alma , y mis ojos han buscado en vano aquel huerto donde tan bella la vi en aquella mañana de agosto ! La niña cuyas inocentes caricias habían sido todas para mí , no sería ya la compañera de mis juegos ; pero en las tardes doradas de verano estaría en los paseos a mi lado , en medio del grupo de mis hermanas ; le ayudaría yo a cultivar sus flores predilectas ; en las veladas oiría su voz , me mirarían sus ojos , nos separaría un solo paso .
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