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Almorzábamos todos en la cocina : Tránsito desempeñaba lista y risueña su papel de dueña de casa . Lucía me amenazaba con los ojos cada vez que le mostraba con los míos a su padre . Los campesinos , con su delicadeza instintiva , desechaban toda alusión a mi viaje , como para no amargar esas últimas horas que pasábamos juntos . Eran ya las once . José , Braulio y yo habíamos visitado el platanal nuevo , el desmonte que estaban haciendo y el maizal en filote . Reunidos nuevamente en la salita de la casa de Braulio , y sentados en banquitos alrededor de una atarraya , le poníamos las últimas plomadas ; y la señora Luisa desgranaba con las muchachas maíz para pilar . Ellas y ellos sentían como yo , que se acercaba el momento temible de nuestra despedida . Todos guardábamos silencio . Debía de haber en mi rostro algo que los conmovía , pues esquivaban mirarme . Al fin , haciendo una resolución , me levanté , después de haber visto mi reloj . Tomé mi escopeta y sus arreos , y al colgarlos en uno de los garabatos de la salita , le dije a Braulio : - Siempre que aciertes un tiro bueno con ella , acuérdate de mí . El montañés no tuvo voz para darme las gracias . La señora Luisa , sentada aún , seguía desgranando la mazorca que tenía en las manos , sin cuidarse de ocultar su lloro . Tránsito y Lucía , en pie y recostadas a un lado y otro de la puerta , me daban la espalda . Braulio estaba pálido . José fingía buscar algo en el rincón de las herramientas . - Bueno , señora Luisa - dije a la anciana inclinándome para abrazarla - : rece usted mucho por mí . Ella se puso a sollozar sin responderme . En pie sobre el quicio de la puerta , junté en un solo abrazo sobre mi pecho las cabezas de las muchachas , quienes sollozaban mientras mis lágrimas rodaban por sus cabelleras . Cuando separándome de ellas , me volví para buscar a Braulio y José , ninguno de los dos estaba en la salita ; me esperaban en el corredor . - Yo voy mañana - me dijo José , tendiéndome la mano . Bien sabíamos él y yo que no iría . Luego que me soltó de sus brazos Braulio , su tío me estrechó en los suyos , y enjugándose los ojos con la manga de la camisa , tomó el camino de la roza al mismo tiempo que empezaba yo a andar por el opuesto , seguido de Mayo , y haciendo una señal a Braulio para que no me acompañase . Capítulo LII Descendía lentamente hasta el fondo de la cañada : sólo el canto lejano de las gurríes y el rumor del río turbaban el silencio de las selvas . Mi corazón iba diciendo un adiós a cada uno de esos sitios , a cada árbol del sendero , a cada arroyo que cruzaba . Sentado en la orilla del río veía rodar sus corrientes a mis pies , pensando en las buenas gentes a quienes mi despedida acababa de hacer derramar tantas lágrimas ; y dejaba gotear las mías sobre las ondas que huían de mí como los días felices de aquellos seis meses .
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