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Capítulo LX Al día siguiente a las cuatro de la tarde llegué al alto de las Cruces . Apeéme para pisar aquel suelo desde donde dije adiós para mi mal a la tierra nativa . Volví a ver ese valle del Cauca , país tan bello cuanto desventurado ya . . . Tantas veces había soñado divisarlo desde aquella montaña , que después de tenerlo delante con toda su esplendidez , miraba a mi alrededor para convencerme de que en tal momento no era juguete de un sueño . Mi corazón palpitaba aceleradamente como si presintiese que pronto iba a reclinarse sobre él la cabeza de María ; y mis oídos ansiaban recoger en el viento una voz perdida de ella . Fijos estaban mis ojos sobre las colinas iluminadas al pie de la sierra distante , donde blanqueaba la casa de mis padres . Lorenzo acababa de darme alcance trayendo del diestro un hermoso caballo blanco , que había recibido en Tocotá para que yo hiciese en él las tres últimas leguas de la jornada . - Mira - le dije cuando se disponía a ensillármelo , y mi brazo le mostraba el punto blanco de la sierra al cual no podía yo dejar de mirar - ; mañana a esta hora estaremos allá . - ¿ Pero allá a qué ? - respondió . - ¡ Cómo ! - La familia está en Cali . - Tú no me lo habías dicho . ¿ Por qué se han venido ? - Justo me contó anoche que la señorita seguía muy mala . Lorenzo al decir esto no me miraba , y me pareció conmovido . Monté temblando en el caballo que él me presentaba ensillado ya , y el brioso animal empezó a descender velozmente y casi a vuelos por el pedregoso sendero . La tarde se apagaba cuando doblé la última cuchilla de las Montañuelas . Un viento impetuoso de occidente zumbaba en torno de mí en los peñascos y malezas desordenando las abundantes crines del caballo . En el confín del horizonte a mi izquierda no blanqueaba ya la casa de mis padres sobre las faldas sombrías de la montaña ; y a la derecha , muy lejos , bajo un cielo turquí , se descubrían lampos de la mole del Huila medio arropado por brumas flotantes . Quien aquello crió , me decía yo , no puede destruir aún la más bella de sus criaturas y lo que él ha querido que yo más ame . Y sofocaba de nuevo en mi pecho sollozos que me ahogaban . Ya dejaba a mi izquierda la pulcra y amena vega del Peñón , digna de su hermoso río y de mis gratos recuerdos de infancia . La ciudad acababa de dormirse sobre su verde y acojinado lecho : como bandada de aves enormes que se cernieran buscando sus nidos , divisábanse sobre ella , abrillantados por la luna , los follajes de las palmeras .
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