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El sacerdote estaba orando , de rodillas al pie del ataúd . La brisa de la noche , perfumada de rosas y azahares , agitaba las llamas de los cirios , gastados ya . - Creí - decíame Emma - , que al cortar la primera trenza iba a mirarme tan dulcemente como solía si reclinada la cabeza en mi falda , le peinaba yo los cabellos . Púselas al pie de la imagen de la Virgen y por última vez le besé las mejillas . . . Cuando desperté dos horas después . . . ¡ ya no estaba allí ! Braulio , José y cuatro peones más condujeron al pueblo el cadáver , cruzando esas llanuras y descansando bajo aquellos bosques por donde en una mañana feliz , pasó María a mi lado amante y amada , el día del matrimonio de Tránsito . Mi padre y el cura seguían paso ante paso el humilde convoy . . . ¡ ay de mí ! ¡ humilde y silencioso como el de Nay ! Mi padre regresó al medio día lentamente y ya solo . Al apearse hizo esfuerzos inútiles para sofocar los sollozos que lo ahogaban . Sentado en el salón , en medio de Emma y mi madre y rodeado de los niños que aguardaban en vano sus caricias , dio rienda a su dolor , haciéndose necesario que mi madre procurase darle una conformidad que ella misma no podía tener . - Yo - decía él - , yo autor de ese viaje maldecido , ¡ la he muerto ! Si Salomón pudiera venir a pedirme su hija , ¿ qué habría yo de decirle ? . . . y Efraín . . . y Efraín . . . ¡ Ah ! ¿ para qué lo he llamado ? ¿ Así le cumpliré mis promesas ? Aquella tarde dejaron la hacienda de la sierra para ir a pernoctar en la del valle , de donde debían emprender al día siguiente viaje a la ciudad . Braulio y Tránsito convinieron en habitar la casa para cuidar de ella durante la ausencia de la familia . Capítulo LXIII Dos meses después de la muerte de María , el diez de setiembre , oía yo a Emma el final de aquella relación que ella retardó el mayor tiempo que le fue posible . Era de noche ya y Juan dormía sobre mis rodillas , costumbre que había contraído desde mi regreso , porque acaso adivinaba instintivamente que yo procuraba reemplazarle en parte el amor y los maternales cuidados de María . Emma me entregó la llave del armario en que estaban guardados , en la casa de la sierra , los vestidos de María y todo aquello que más especialmente había ella recomendado se guardara para mí . A la madrugada del día que siguió a esa noche , me puse en camino para Santa R . , en donde hacía dos semanas que permanecía mi padre , después de haber dejado prevenido todo lo necesario para mi regreso a Europa , el cual debía emprender el dieciocho de aquel mes . El doce a las cuatro de la tarde me despedí de mi padre , a quien había hecho creer que deseaba pasar la noche en la hacienda de Carlos , para de esa manera estar más temprano en Cali al día siguiente . Cuando abracé a mi padre , tenía él en las manos un paquete sellado , y entregándomelo me dijo : - A Kingston : contiene la última voluntad de Salomón y la dote de su hija . Si mi interés por ti - agregó con voz que la emoción hacía trémula - me hizo alejarte de ella y precipitar tal vez su muerte . . . tú sabrás disculparme . . . ¿ Quién debe hacerlo si no eres tú ?
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