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Contaba yo siete años cuando regresó mi padre , y desdeñé los juguetes preciosos que me trajo de su viaje , por admirar aquella niña tan bella , tan dulce y sonriente . Mi madre la cubrió de caricias , y mis hermanas la agasajaron con ternura , desde el momento que mi padre , poniéndola en el regazo de su esposa , le dijo : « ésta es la hija de Salomón , que él te envía » . Durante nuestros juegos infantiles sus labios empezaron a modular acentos castellanos , tan armoniosos y seductores en una linda boca de mujer y en la risueña de un niño . Habrían corrido unos seis años . Al entrar yo una tarde al cuarto de mi padre , le oí sollozar : tenía los brazos cruzados sobre la mesa , y en ellos apoyaba la frente ; cerca de él mi madre lloraba , y en sus rodillas reclinaba María la cabeza , sin comprender ese dolor y casi indiferente a los lamentos de su tío : era que una carta de Kingston , recibida aquel día , daba la nueva de la muerte de Salomón . Recuerdo solamente una expresión de mi padre en aquella tarde : « Si todos me van abandonando sin que pueda recibir sus últimos adioses , ¿ a qué volveré yo a mi país ? » . ¡ Ay ! ¡ sus cenizas debían descansar en tierra extraña , sin que los vientos del Océano , en cuyas playas retozó siendo niño , cuya inmensidad cruzó joven y ardiente , vengan a barrer sobre la losa de su sepulcro las flores secas de los aromos y el polvo de los años ! Pocos eran entonces los que conociendo nuestra familia , pudiesen sospechar que María no era hija de mis padres . Hablaba bien nuestro idioma , era amable , viva e inteligente . Cuando mi madre le acariciaba la cabeza , al mismo tiempo que mis hermanas y a mí , ninguno hubiera podido adivinar cuál era allí la huérfana . Tenía nueve años . La cabellera abundante , todavía de color castaño claro , suelta y jugueteando sobre su cintura fina y movible ; los ojos parleros ; el acento con algo de melancólico que no tenían nuestras voces ; tal era la imagen que de ella llevé cuando partí de la casa paterna : así estaba en la mañana de aquel triste día , bajo las enredaderas de las ventanas de mi madre . Capítulo VIII A prima noche llamó Emma a mi puerta para que fuera a la mesa . Me bañé el rostro para ocultar las huellas de las lágrimas , y me mudé los vestidos para disculpar mi tardanza . No estaba María en el comedor , y en vano imaginé que sus ocupaciones la habían hecho demorarse más de lo acostumbrado . Notando mi padre un asiento desocupado , preguntó por ella , y Emma la disculpó diciendo que desde esa tarde había tenido dolor de cabeza y que dormía ya . Procuré no mostrarme impresionado ; y haciendo todo esfuerzo porque la conversación fuera amena , hablé con entusiasmo de todas las mejoras que había encontrado en las fincas que acabábamos de visitar . Pero todo fue inútil : mi padre estaba más fatigado que yo , y se retiró temprano ; Emma y mi madre se levantaron para ir a acostar los niños y ver cómo estaba María , lo cual les agradecí , sin que me sorprendiera ya ese mismo sentimiento de gratitud .
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