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¿ Cómo había de responder la señora á interrogaciones tan impertinentes ? Claro que con alguna sequedad y no poco enfado secreto . Además , otros incidentes concurrían á exasperarla : por culpa del revoluto del equipaje , ni había cosa con cosa , ni parecía lo más indispensable de vestir : para dar con unos guantes nuevos tuvo que desbaratar el baúl más chico : para sacar un sombrero , desclavó dos cajones . Más peripecias : la hebilla del zapato inglés , descosida : al abrochar el cuerpo del traje , salta un herrete ; al cepillarse los dientes , se rompe el frasco del elíxir contra el mármol del lavabo . . . — ¿ Almuerza fuera la señorita ? — preguntó la incorregible Diabla . — Sí . . . En casa de Inzula . — ¿ Ha de venir á buscarla Roque ? — No . . . Pero le mandas que esté con la berlina allí , á las siete . . . — ¿ De la tarde ? — ¿ Había de ser de la mañana ? ¡ Tienes cosas ! . . . La Diabla sonrió á espaldas de su señora y se bajó para estirarla los volantes del vestido y ahuecarla el polisón . Asís piafaba , pegando taconacitos de impaciencia . ¿ El pericón ? ¿ El gabán gris , por si refresca ? ¿ Pañuelo ? ¿ Dónde se habrá metido el velo de tul ? Estos pinguitos parece que se evaporan . . . Nunca están en ninguna parte . . . ¡ Ah ! Por fin . . . Loado sea Dios . . . XVIII SALVÓ la escalera como pájaro á quien abren el postigo de su penitenciaría , y con el mismo paso vivo , echó calle abajo hasta Recoletos . La cita era en aquel sitio señalado donde Pacheco había tirado el puro : casi frente á la Cibeles . Asís avanzaba protegida por su antucá , pero bañada y animada por el sol , el sol instigador y cómplice de todo aquel enredo sin antecedentes , sin finalidad y sin excusa . La dama registró con los ojos las arboledas , los jardincillos , la entrada de la Carrera y las perspectivas del Museo , y no vió á nadie . ¿ Se habría cansado Diego de esperar ? ¡ Capaz sería ! . . . De pronto , á sus espaldas , una voz cuchicheó afanosa : — Allí . . . entre aquellos árboles . . . El simón . Sin que ella respondiese , el gaditano la guió hacia el destartalado carricoche . Era uno de esos clarens inmundos , con forro de gutapercha resquebrajado y mal oliente , vidrios embazados y conductor medio beodo , que zarandean por Madrid adelante la prisa de los negocios ó la clandestinidad del amor . Asís se metió en él con escrúpulo , pensando que bien pudiera su galán traerle otro simón menos derrotado . Pacheco , á fin de no molestarla pasando á la izquierda , subió por la portezuela contraria , y al subir arrojó al regazo de la dama un objeto . . . ¡ Qué placer ! ¡ Un ramillete de rosas , ó mejor dicho un mazo , casi desatado , mojado aún ! El recinto se inundó de frescura . — ¡ Huelen tan mal estos condenaos coches ! — exclamó el meridional como excusándose de su galantería . Pero Asís le flechó una ojeada de gratitud . El indecente vehículo comenzaba á rodar ; ya debía de tener órdenes . — ¿ Se puede saber á dónde vamos , ó es un secreto ? — A las Ventas del Espíritu Santo . — ¡ Las Ventas ! — clamó Asís alarmada . — ¡ Pero si es un sitio de los más públicos ! ¿ Vuelta á las andadas ? ¿ Otro San Isidro tenemos ?
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