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La dama experimentó mucho bienestar al encontrarse en aquella salita . Era pequeña , recogida , misteriosa , con ventanas muy chicas que cerraban gruesos postigos , y enteramente blanqueada ; los muebles vestían también blanquísimas fundas de calicó . La mesa , en el centro , lucía un mantel como el armiño ; y lo más amable de tanta blancura era que al través de ella se percibía , se filtraba , por decirlo así , el sol , prestándole un reflejo dorado y quitándole el aspecto sepulcral de las cosas blancas cuando hace frío y hay nubes en el cielo . Mientras salía el mozo , el gaditano miró risueño á la señora . — Nos han traído al palomar — dijo entre dientes . Y levantado una cortina nívea que se veía en el fondo de la reducida estancia , descubrió un recinto más chico aún , ocupado por un solo mueble , blanco también , más blanco que una azucena . . . — Mira el nido — añadió tomando á Asís de la mano y obligándola á que se asomase . — Gente precavida . . . Bien se ve que están en todo . No me sorprende que vivan y se sostengan tantos establecimientos de esta índole . Aquí la gente no viene un día del año como á San Isidro ; pero digo yo que habrá abonos á turno . ¿ Nos abonamos , cacho de gloria ? No sé cómo acentuó Pacheco esta broma , que en rigor , dada la situación , no afrentaba ; lo cierto es que la señora sintió una sofoquina . . . vamos , una sofoquina de esas que están á dos deditos de la llorera y la congoja . Parecíale que le habían arañado el corazón . La mujer es un péndulo continuo que oscila entre el instinto natural y la aprendida vergüenza , y el varón más delicado no acertará á no lastimar alguna vez su invencible pudor . XIX AL colarse en el palomar los dos tórtolos , no lo hicieron sin ser vistos y atentamente examinados por una taifa de gente humilde , que á la puerta de la cocina del merendero fronterizo se dedicaba á aderezar un guisote de carnero , puesto , en monumental cazuela , sobre una hornilla . Es de saber que ambos enseres domésticos los alquilaba el dueño del restaurant por módica suma en que iba comprendido también el carbón : en cuanto al carnero y al arroz de añadidura , lo habían traído en sus delantales las muchachas , que por lo que pueda importar , diremos que eran operarias de la Fábrica de tabacos . Capitaneaba la tribu una vieja pitillera , morena , lista , alegre , más sabidora que Merlín ; y dos niñas de ocho y seis años traveseaban alrededor de la hornilla , empeñadas en que les dejasen cuidar el guisado , para lo cual se reconocían con superiores aptitudes . Toda esta gentuza , al pasar la marquesa viuda de Andrade y su cortejo , se comunicó impresiones con mucho parpadeo y meneo de cabeza , y susurrando á media voz dichos sentenciosos . Hablaban con el seco y recalcado acento de la plebe madrileña , que tiene alguna analogía con lo que pudo ser la parla de Demóstenes , si se le ocurriese escupir á cada frase una de las guijas que llevaba en la boca . — Ay . . . Pus van así como asustaos . . . Ella es guapetona , colorá y blanca . — Valiente perdía será . — Se ve caa cosa . . . Hijas , la mar son estos señorones de rango . — Puee que sea arguna del Circo . Tié pinta de franchuta .
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