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— El señorito está durmiendo , pero pase usted al gabinete , que dentro de diez minutos le entraré el chocolate y preguntaré si puede usted verle — dijo el criado , al notar mi insistencia y mi premura . Me avine á esperar . El criado abrió las maderas del gabinete , en cuyo ambiente flotaban esencias y olor de cigarro . ¡ Cuando pienso en lo distinta que sería mi suerte si aquel criado me hace pasar inmediatamente á la alcoba . . . ! Lo cierto es . . . que al primer alegre rayo de sol que cruzó las vidrieras , y antes de que el criado me dijese « tome usted asiento » , yo había visto brillar sobre el ribete de paño azul de la piel de oso blanco , tendida al pie del muelle diván turco , ¡ la perla , la perla rosa ! Si esto que me sucedió le sucede á usted , y usted me pregunta qué debe hacerse en tales circunstancias , yo respondo de seguro con gran energía : « Coger una espada de la panoplia que supera el diván , y atravesársela por el pecho al que duerme ahí al lado , para que nunca más despierte . » ¿ Sabe usted lo que hice ? Me bajé ; recogí la perla ; la guardé en el bolsillo ; salí de aquella casa ; subí á la mía ; encontré á mi mujer levantada y muy desencajada ; la miré , y no la ahogué ; con voz tranquila la ordené que se pusiese los pendientes ; saqué la perla del bolsillo . . . y cogiéndola entre dos dedos , la dije : « Aquí está lo que perdiste . ¿ Qué tal , lo encontré pronto ? » Es cierto que al acabar me dió no sé qué arrechucho ó qué vértigo de locura ; eché mano á aquellas orejas diminutas , arranqué de ellas los pendientes , y todo lo pisoteé . Por fortuna , pude dominarme en el acto . . . y bajar la escalera y refugiarme en el café más próximo , donde pedí cognac . . . ¿ Que si he vuelto á ver á Lucila ? . . . Una vez . . . Iba del brazo de otro , que ya no era Gonzaga . Por cierto que me fijé en que el lóbulo de la oreja izquierda lo tiene partido . Sin duda se lo rasgué yo . . . involuntariamente . Un parecido NO hay discusión más baldía que la de la hermosura . Mil veces la entablamos , en aquella especie de senadillo de gentes al par desengañadas y curiosas , donde se agitaban tantos problemas á un tiempo atractivos é insolubles ; y siempre , — aunque no escaseaban las disertaciones , — quedábamos en mayor confusión . Uno sostenía que la belleza era la corrección de líneas ; otro , que la armonía del color ; éste , que la fusión de ambos elementos ; aquél , que la juventud ; el de más allá , que la salud y robustez , ó el donaire , chiste y garabato , ó el arte del tocador , ó la melodía de la voz , y hasta hubo alguno que identificó la belleza con la bondad y con la inteligencia . . . Y el original de Donato Abreu , que solía escuchar callando , al fin se descolgó con la sentencia siguiente : — La belleza no es nada .
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