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Llegó el plazo en que yo tenía que emprender mi viaje á la corte , para cursar el doctorado . Dí la noticia á mis solteronas , y aunque no podía sorprenderlas , no fué menor el efecto que produjo . Mi tía Gabriela , sin perder el compás de la dignidad , se puso temblona , y me advirtió , en frases que revelaban verdadera ternura , que era preciso excusar á los viejos si se afectaban en las despedidas , porque no estaban seguros de volver á ver á los que partían . Doña Peregrina manoteó , protestó , bufó , me insultó , y al fin se echó á llorar como una fuente . Doña Aparición suspiró , alzó la vista al cielo y dijo haciendo monerías : « Un joven de estas prendas . . . naturalmente , ¡ va á lucir en la corte ! Mañana recibirá usted un alfiler de esmeraldas . . . que fué de mi papá » . Por su parte , Candidita guardó silencio , y á poco se levantó , asegurando que tenía que hacer una visita urgente . Aproveché el pretexto para abreviar la escena ; salí con ella , la ayudé á ponerse el mantón , y la ofrecí el brazo por la escalera de peldaños carcomidos . De repente , en el primer descanso , escuché un ahogado sollozo ; unos brazos endebles me rodearon el cuello , y una cara fría como la nieve se pegó á mis barbas . Comprendí de súbito . . . y , créanlo ustedes , ¡ me quedé más volado y más compadecido que si viese á mi propia madre de rodillas ante mí ! Noté que Candidita pesaba como pesan los cuerpos inertes ; la supuse desmayada y la arrimé al balaustre , tartamudeando lleno de piedad : « Adiós , adiós , ya sabe que se la quiere » . Mas como no me soltaba , me encontré ridículo y la rechacé . . . Al hacerlo , me pareció que estaba degollando á una ovejuela enferma , y la lástima me obligó á volver atrás y corresponder al abrazo de Candidita con una caricia rápida y violenta , filial y santa en la intención . Después eché á correr , y salí á la calle resuelto á no volver por la tertulia . ¡ Ah , eso sí ! La caridad tiene sus límites . . . — Y ahora , que también soy viejo yo , suelo acordarme de Candidita . . . ¡ Pobre mujer ! La caja de oro SIEMPRE la había visto sobre su mesa , al alcance de su mano bonita , que á veces se entretenía en acariciar la tapa suavemente ; pero no me era posible averiguar lo que encerraba aquella caja de filigrana de oro con esmaltes finísimos , porque apenas intentaba apoderarme del juguete , su dueña lo escondía precipitada y nerviosamente en los bolsillos de la bata , ó en lugares todavía más recónditos , dentro del seno , haciéndola así inaccesible . Y cuanto más la ocultaba su dueña , mayor era mi afán por enterarme de lo que la caja contenía . ¡ Misterio irritante y tentador ! ¿ Qué guardaba el artístico chirimbolo ? ¿ Bombones ? ¿ Polvos de arroz ? ¿ Esencias ? Si encerraba alguna de estas cosas tan inofensivas , ¿ á qué venía la ocultación ? ¿ Encubría un retrato , una flor seca , pelo ? Imposible : tales prendas , ó se llevan mucho más cerca ó se custodian mucho más lejos : ó descansan sobre el corazón , ó se archivan en un secreter bien cerrado , bien seguro . . . No eran despojos de amorosa historia los que dormían en la cajita de oro , esmaltada de azules quimeras , fantásticas rosas y volutas de verde ojiacanto .
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