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Exhaló el ratón un chillido de júbilo ; la gata le miraba , parecía llamarle , invitarle á que descendiese . — ¿ Quieres jugar conmigo ? — preguntóla él , sin reflexionar , sin acordarse para nada de las maternales advertencias . — Baja — pareció contestar con sus ojos misteriosos la gatita . Y el ratón bajó aprisa , disparado , ebrio de felicidad , y el juego dió principio , con muchos saltos y carreras . Fingía huir la gata ; escondíase entre sauces y mimbres , y cuando el ratón se cansaba de perseguirla , ella se dejaba caer sobre la muelle alfombra del prado , y escondiendo las uñas recibía con las patitas de terciopelo al ratón , y ya le despedía , en broma , ya le estrechaba , retozando , en deleitosa mezcla é indescifrable confusión de tratamientos ásperos y dulces . Nunca sabía el ratón , en aquel juego de veleidades , si iba á ser acogido con demostración tierna y mimosa ó con fiero y desdeñoso zarpazo ; y en los amados ojos de la esfinge tan pronto veía piélagos de voluptuosidad y relámpagos de risa , como destellos de ferocidad y chispazos sombríos y crueles . Más de una vez creyó notar que las patitas blandas y muertas se crispaban de súbito , y que bajo lo afelpado de la piel surgían uñas de acero . Y ¡ cosa rara ! no bien pensaba advertir síntomas tan alarmantes , el ratón cerraba los párpados y volvía gozoso y tembloroso á solazarse con la gata blanca . Duraba aún el juego , cuando por la tarde regresó la ratona y vió de lejos la escena y á su hijo mano á mano con el monstruo . Llorando y desesperada gritóle desde lejos : — Hijo mío , que te pierdes . — El ratón , por supuesto , no la hizo maldito caso . ¡ Sí , para oir consejos estaba él ! Subido al quinto cielo , nunca el juego le había encantado más . La gata , por el contrario , empezaba á fatigarse y á sospechar que había perdido bastante tiempo con un ratoncillo de mala muerte ; y al notar que iba á ponerse el sol , que se hacía tarde — sin modificar apenas su actitud , siempre graciosa y juguetona , como el que no hace nada — torció la cabeza , aseguró con la boca al ratoncillo , hincó los agudos dientes . . . y le lanzó al aire palpitante y moribundo , para recibirle en las uñas , tendidas con violencia feroz . . . A punto que una nube de sangre cubría ya los ojos del desdichado , y el delirio de la agonía ofuscaba sus sentidos , todavía pudo oirse cómo murmuraba débilmente : — ¿ Quieres jugar conmigo , gatita blanca ? Por eso su madre hizo mal en llorar amargamente al incauto ratón . ¡ El espiró tan satisfecho , tan á gusto ! Así y todo . . .
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