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El marido , con flema , se calzó , se limpió las manos y subió pisando recio . Golpeó á la puerta del dormitorio de Germán , que salió medio desnudo , despavorido . « Creo que hay fuego . . . Huele á humo . . . Baje usted . . . ¡ No , antes de pedir socorro hay que cerciorarse ! » Germán se precipitó sin más ropa que unos pantalones vestidos á escape y babuchas . Mal despierto aún del primer sueño de los veinte años , casi no comprendía lo que pasaba . Le precedía , Riopardo con la indispensable linterna . Tienda y portal estaban ya llenos de un humo acre , asfixiante . « Pase usted , mire á ver dónde es . . . » Titubeaba el dependiente , ciego y atónito ; Riopardo le empujó , le precipitó , ya sin disimular , dentro del horno , y aún tuvo fuerzas para correr los cerrojos y huir , saliendo al portal y á la calle . En ella respiró con delicia , cerciorándose de que por allí no andaba el sereno , ni pasaba nadie , y probablemente sucedería lo mismo durante el cuarto de hora necesario . . . Sin embargo , á los diez minutos el humo era tal que , temeroso de ver abrirse ventanas y oir voces de socorro , el mismo Riopardo gritó . Al llegar los primeros auxilios , la casa , sobre todo el bajo y principal , no formaban más que una hoguera . Se atendió á aislar las casas vecinas y á salvar con escalas á los inquilinos del segundo y tercero . La fatalidad — observaron las gentes — quiso que el fuego se iniciase en la parte del almacén que correspondía con el dormitorio de la esposa de Riopardo , la cual , asfixiada por el humo , ni pudo levantarse á pedir socorro . Apareció carbonizada , lo mismo que el dependiente , presunto reo de imprudencia temeraria por fumar en el almacén . No estando aseguradas las existencias del establecimiento , sobre el dueño no recayeron sospechas , sino gran lástima . Arruinado completamente , no faltó quien , estimando sus cualidades mercantiles , su laboriosidad , le adelantase dinero para abrir otra lonja ; pero Riopardo dice tristemente á su antigua y fiel clientela : — Ya no tengo ilusión . . . ¡ Una esposa y un dependiente como los que perdí , no he de encontrarlos nunca ! La religión de Gonzalo ¿ Y qué tal tu marido ? — preguntó Rosalía á su amiga de la niñez Beatriz Córdoba , aprovechando el momento de intimidad y confianza que crea entre dos personas la atmósfera común , tibia de alientos y saturada de ligeros perfumes , de una berlina bien cerrada , bien acolchada , rodando por las desiertas calles del Retiro á las once de una espléndida y glacial mañana de Diciembre . — ¿ Mi marido ? — contestó Beatriz marcando sorpresa , porque creía que su completa felicidad debía leerse en la cara . — ¿ Mi marido ? ¿ No me ves ? ¡ Otro así . . . ! Por la de nadie cambiaría yo mi suerte . . . Rosalía hizo un gestecillo , el mohín de instinto malévolo con que los mejores amigos acogen la exhibición de la ajena dicha , y murmuró impaciente :
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