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Para un espíritu en que exista el amor instintivo de lo bello , hay , sin duda , cierto género de mortificación , en resignarse a defenderle por medio de una serie de argumentos que se funden en otra razón , en otro principio , que el mismo irresponsable y desinteresado amor de la belleza , en la que halla su satisfacción uno de los impulsos fundamentales de la existencia racional . Infortunadamente , este motivo superior pierde su imperio sobre un inmenso número de hombres , a quienes es necesario enseñar el respeto debido a ese amor del cual no participan , revelándoles cuáles son las relaciones que lo vinculan a otros géneros de intereses humanos . — Para ello deberá lucharse muy a menudo con el concepto vulgar de estas relaciones . En efecto : todo lo que tienda a suavizar los contornos del carácter social y las costumbres ; a aguzar el sentido de la belleza ; a hacer del gusto una delicada impresionabilidad del espíritu y de la gracia una forma universa de la actividad , equivale , para el criterio de muchos devotos de lo severo o de lo útil , a menoscabar el temple varonil y heroico de las sociedades , por una parte , su capacidad utilitaria y positiva , por la otra . — He leído en Los trabajadores del mar , que cuando un buque de vapor surcó por primera vez las ondas del Canal de la Mancha , los campesinos de Jérsey lo anatematizaban en nombre de una tradición popular que consideraba elementos irreconciliables y destinados fatídicamente a la discordia , el agua y el fuego . — El criterio común abunda en la creencia de enemistades parecidas . Si os proponéis vulgarizar el respeto por lo hermoso , empezad por hacer comprender la posibilidad de un armónico concierto de todas las legítimas actividades humanas , y esa será más fácil tarea que la de convertir directamente el amor de la hermosura , por ella misma , en atributo de la multitud . Para que la mayoría de los hombres no se sientan inclinados a expulsar a las golondrinas de la casa , siguiendo el consejo de Pitágoras , es necesario argumentarles , no con la gracia monástica del ave ni su leyenda de virtud , sino con que la permanencia de sus nidos no es en manera alguna inconciliable con la seguridad de los tejados . A la concepción de la vida racional que se funda en el libre y armonioso desenvolvimiento de nuestra naturaleza , e incluye , por lo tanto , entre sus fines esenciales , el que se satisface con la contemplación sentida de lo hermoso , se opone — como norma de la conducta humana — la concepción utilitaria , por la cual nuestra actividad , toda entera , se orienta en relación a la inmediata finalidad del interés .
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