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En un extremo del taller , formó un gabinete minúsculo , con biombos cubiertos de arrozales y de grullas . LA MUERTE DE LA EMPERATRIZ DE LA CHINA Delicada y fina como una joya humana , vivía aquella muchachita de carne rosada , en la pequeña casa que tenía un saloncito con los tapices de color azul desfalleciente . Era su estuche . ¿ Quién era el dueño de aquel delicioso pájaro alegre , de ojos negros y boca roja ? ¿ Para quién cantaba su canción divina , cuando la señorita Primavera mostraba en el triunfo del sol su bello rostro riente , y abría las flores del campo , y alborotaba la nidada ? Suzette se llamaba la avecita que había puesto en jaula de seda , peluches y encajes , un soñador artista cazador , que la había cazado una mañana de Mayo en que había mucha luz en el aire y muchas rosas abiertas . Recaredo — ¡ capricho paternal ! ¡ él no tenía la culpa de llamarse Recaredo ! — se había casado hacía año y medio . — ¿ Me amas ? — Te amo . ¿ Y tú ? — Con toda el alma . Hermoso el día dorado , después de lo del cura . Habían ido luego al campo nuevo ; a gozar libres del gozo del amor . Murmuraban allá en sus ventanas de hojas verdes , las campanillas y las violetas silvestres que olían cerca del riachuelo , cuando pasaban los dos amantes , el brazo de él en la cintura de ella , el brazo de ella en la cintura de él , los rojos labios en flor dejando escapar los besos . Después , fué la vuelta a la gran ciudad , al nido lleno de perfume , de juventud y de calor dichoso . ¿ Dije ya que Recaredo era escultor ? Pues , si no lo he dicho , sabedlo . * * * Era escultor . En la pequeña casa tenía su taller , con profusión de mármoles , yesos , bronces y terracotas . A veces , los que pasaban oían a través de las rejas y persianas una voz que cantaba y un martilleo vibrante y metálico . Suzette , Recaredo ; la boca que emergía el cántico , y el golpe del cincel . Luego el incesante idilio nupcial . En puntillas , llegar donde él trabajaba , e inundándole de cabellos la nuca , besarle rápidamente . Quieto , quietecito , llegar donde ella duerme en su chaise - longue , los piececitos calzados y con medias negras , uno sobre otro , el libro abierto sobre el regazo , medio dormida ; y allí el beso es en los labios , beso que sorbe el aliento y hace que se abran los ojos , inefablemente luminosos . Y a todo esto , las carcajadas del mirlo , un mirlo enjaulado que cuando Suzette toca de Chopin , se pone triste y no canta . ¡ Las carcajadas del mirlo ! No era poca cosa . — ¿ Me quieres ? — ¿ No lo sabes ? — ¿ Me amas ? — ¡ Te adoro ! Ya estaba el animalucho echando toda la risa del pico .
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