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La gigantona se debatió , asombrada en una oscuridad de dudas y alarmas : — ¡ Mayorcito del Valle , dígame usted lo que pasa ! Interrumpió el mozuelo : — Uno que entró perseguido , y se fugó por la ventana . — ¿ Tú qué le has dicho ? — Ni tiempo tuve de verle la cara . Intervino el Mayor del Valle : — Con hacer esta declaración donde corresponde , todo queda terminado . Plegó los brazos la gigantona : — ¿ Y el que escapaba , se sabe quién era ? Nachito sacó la voz entre nieblas alcohólicas : — ¡ El Coronel de la Gándara ! Nachito , luciente de lágrimas , encogido entre dos soldados , resoplaba con la alcuza llorona pingando la moca . Aturdida , en desconcierto , le miró Doña Rosita : — ¡ Valedor ! ¿ También usted llora ? — ¡ Me he suicidado ! El Mayor del Valle levanta el charrasco y la escuadra se apronta , sacando entre filas al estudiante y a Nachito . VI Despeinadas y ojerosas atisbaban tras de la reja las pupilas de Taracena . Se afanan por descubrir a los prisioneros , sombras taciturnas entre la gris retícula de las bayonetas . El sacristán de las monjas sacaba la cabeza por el arquillo del esquilón . Tocaban diana las cornetas de fuertes y cuarteles . Tenía el mar caminos de sol . Los indios , trajinantes nocturnos , entraban en la ciudad guiando recuas de llamas cargadas de mercadería y frutos de los ranchos serranos : El bravío del ganado recalentaba la neblina del alba . Despertábase el Puerto con un son ambulatorio de esquilas , y la patrulla de fusiles desaparecía con los dos prisioneros por el Arquillo de las Portuguesas . En el congal , la madrota daba voces ordenando que las pupilas se recogiesen a la perrera del sotabanco , y el coime , con una flor en el pelo , trajinaba remudando la ropa de las camas del trato . Lupita la Romántica , en camisa rosa , rezaba ante el retablo de luces en la Recámara Verde . Murmuró el coime con un alfiler en los labios , al mismo tiempo que estudiaba los recogidos de la colcha : — ¡ Aún no se me fue el sobresalto ! CUARTA PARTE AMULETO NIGROMANTE LIBRO PRIMERO LA FUGA I El Coronelito Domiciano de la Gándara , en aquel trance , se acordó de un indio a quien tenía obligado con antiguos favores . Por Arquillo de Madres , retardando el paso para no mover sospecha , salió al Campo del Perulero . II Zacarías San José , a causa de un chirlo que le rajaba la cara , era más conocido por Zacarías el Cruzado : Tenía el chozo en un vasto charcal de juncos y médanos , allí donde dicen Campo del Perulero : En los bordes cenagosos picoteaban grandes cuervos , auras en los llanos andinos y zopilotes en el Seno de México . Algunos caballos mordían la hierba a lo largo de las acequias . Zacarías trabajaba el barro , estilizando las fúnebres bichas de chiromayos y chiromecas . La vastedad de juncos y médanos flotaba en nieblas de amanecida . Hozaban los marranos en el cenagal , a espaldas del chozo , y el alfarero , sentado sobre los talones , la chupalla en la cabeza , por todo vestido un camisote , decoraba con prolijas pinturas jícaras y güejas . Taciturno bajo una nube de moscas , miraba de largo en largo al bejucal donde había un caballo muerto . El Cruzado no estaba libre de recelos : Aquel zopilote que se había metido en el techado , azotándole con negro aleteo , era un mal presagio . Otro signo funesto , las pinturas vertidas : El amarillo , que presupone hieles , y el negro , que es cárcel , cuando no llama muerte , juntaban sus regueros . Y recordó súbitamente que la chinita , la noche pasada , al apagar la lumbre , tenía descubierta una salamandra bajo el metate de las tortillas . . . El alfarero movía los pinceles con lenta minucia , cautivo en un dual contradictorio de acciones y pensamientos .
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