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LIBRO TERCERO LA NOTA I El Excelentísimo Señor Ministro de España había pedido el coche para las seis y media . El Barón de Benicarlés , perfumado , maquillado , decorado , vestido con afeminada elegancia , dejó sobre una consola el jipi , el junco y los guantes : Haciéndose lugar en el corsé con un movimiento de cintura , volvió sobre sus pasos , y entró en la recámara : Alzose una pernera , con mimo de no arrugarla , y se aplicó una inyección de morfina . Estirando la zanca con leve cojera , volvió a la consola y se puso , frente al espejo , el sombrero y los guantes . Los ojos huevones , la boca fatigada , diseñaban en fluctuantes signos los toboganes del pensamiento . Al calzarse los guantes , veía los guantes amarillos de Don Celes . Y , de repente , otras imágenes saltaron en su memoria , con abigarrada palpitación de sueltos toretes en un redondel . Entre ángulos y roturas gramaticales , algunas palabras se encadenaban con vigor epigráfico : “ Desecho de tienta . Cría de Guisando . ¡ Graníticos ! ” Sobre este trampolín , un salto mortal , y el pensamiento quedaba en una suspensión ingrávida , gaseado : “ ¡ Don Celes ! ¡ Asno divertido ! ¡ Magnífico ! ” El pensamiento , diluyéndose en una vaga emoción jocosa , se trasmudaba en sucesivas intuiciones plásticas de un vigoroso grafismo mental , y una lógica absurda de sueño . Don Celes , con albarda muy gaitera , hacía monadas en la pista de un circo . Era realmente el orondo gachupín . ¡ Qué toninada ! Castelar le había hecho creer que cuando gobernase lo llamaría para Ministro de Hacienda . El Barón se apartó de la consola , cruzó el estrado y la galería , dio una orden a su ayuda de cámara , bajó la escalera . Le inundó el tumulto luminoso del arroyo . El coche llegaba rozando el azoguejo . El cochero inflaba la cara teniendo los caballos . El lacayo estaba a la portezuela , inmovilizado en el saludo : Las imágenes tenían un valor aislado y extático , un relieve lívido y cruel , bajo el celaje de cirrus , dominado por media luna verde . El Ministro de España , apoyando el pie en el estribo , diseñaba su pensamiento con claras palabras mentales : “ Si surge una fórmula , no puedo singularizarme , cubrirme de ridículo por cuatro abarroteros . ¡ Absurdo arrostrar el entredicho del Cuerpo Diplomático ! ¡ Absurdo ! ” Rodaba el coche . El Barón , maquinalmente , se llevó la mano al sombrero . Luego pensó : “ Me han saludado . ¿ Quién era ? ” Con un esguince anguloso y oblicuo vio la calle tumultuosa de luces y músicas . Banderas españolas decoraban sobre pulperías y casas de empeño . Con otro esguince le acudió el recuerdo de una fiesta avinatada y cerril , en el Casino Español . Luego , por rápidos toboganes de sombra , descendía a un remanso de la conciencia , donde gustaba la sensación refinada y tediosa de su aislamiento . En aquella sima , números de una gramática rota y llena de ángulos , volvían a inscribir los poliedros del pensamiento , volvían las cláusulas acrobáticas encadenadas por ocultos nexos . “ Que me destinen al Centro de África . Donde no haya Colonia Española . . . ¡ Vaya , Don Celes ! ¡ Grotesco personaje ! . . . ¡ Qué idea la de Castelar ! . . . Estuve poco humano . Casi me pesa . Una broma pesada . . . Pero ese no venía sin los pagarés . Estuvo bien haberle parado en seco . ¡ Un quiebro oportuno ! Y la deuda debe de subir un pico . . . Es molesto . Es denigrante . Son irrisorios los sueldos de la Carrera . Irrisorios los viáticos . ”
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