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Y una tarde triste de octubre , Rosa , en el prao Somonte sola , esperaba el paso del tren correo de Gijón , que le llevaba a sus únicos amores , su hermano . Silbó a lo lejos la máquina , apareció el tren en la trinchera , pasó como un relámpago . Rosa , casi metida por las ruedas , pudo ver un instante en un coche de tercera multitud de cabezas de pobres quintos que gritaban , gesticulaban , saludando a los árboles , al suelo , a los campos , a toda la patria familiar , a la pequeña , que dejaban para ir a morir en las luchas fratricidas de la patria grande , al servicio de un rey y de unas ideas que no conocían . Pinín , con medio cuerpo fuera de una ventanilla , tendió los brazos a su hermana ; casi se tocaron . Y Rosa pudo oir entre el estrépito de las ruedas y la gritería de los reclutas la voz distinta de su hermano , que sollozaba exclamando , como inspirado por un recuerdo de dolor lejano : — ¡ Adiós , Rosa ! . . . ¡ Adiós , Cordera ! — ¡ Adiós , Pinín ! ¡ Pinín de mío alma ! . . . " Allá iba , como la otra , como la vaca abuela . Se lo llevaba el mundo . Carne de vaca para los glotones , para los indianos ; carne de su alma , carne de cañón para las locuras del mundo , para las ambiciones ajenas . " Entre confusiones de dolor y de ideas , pensaba así la pobre hermana viendo al tren perderse a los lejos , silbando triste , con silbido que repercutían los castaños , las vegas y los peñascos . . . ¡ Qué sola se quedaba ! Ahora sí , ahora sí que era un desierto el prao Somonte . — ¡ Adiós , Pinín ! ¡ Adiós , Cordera ! Con qué odio miraba Rosa la vía manchada de carbones apagados ; con qué ira los alambres del telégrafo . ¡ Oh ! bien hacía la Cordera en no acercarse . Aquello era el mundo , lo desconocido , que se lo llevaba todo . Y sin pensarlo , Rosa apoyó la cabeza sobre el palo clavado como un pendón en la punta del Somonte . El viento cantaba en las entrañas del pino seco su canción metálica . Ahora ya lo comprendía Rosa . Era canción de lágrimas , de abandono , de soledad , de muerte . En las vibraciones rápidas , como quejidos , creía oir , muy lejana , la voz que sollozaba por la vía adelante : — ¡ Adiós , Rosa ! ¡ Adiós , Cordera ! CAMBIO DE LUZ A los cuarenta años era D . Jorge Arial , para los que le trataban de cerca , el hombre más feliz de cuantos saben contentarse con una acerada medianía y con la paz en el trabajo y en el amor de los suyos ; y además era uno de los mortales más activos y que mejor saben estirar las horas , llenándolas de substancia , de útiles quehaceres . Pero de esto último sabían , no sólo sus amigos , sino la gran multitud de sus lectores y admiradores y discípulos . Del mucho trabajar , que veían todos , no cabía duda ; mas de aquella dicha que los íntimos leían en su rostro y observando su carácter y su vida , tenía D . Jorge algo que decir para sus adentros , sólo para sus adentros , si bien no negaba él , y hubiera tenido a impiedad inmoralísima el negarlo , que todas las cosas perecederas le sonreían , y que el nido amoroso que en el mundo había sabido construirse , no sin grandes esfuerzos de cuerpo y alma , era que ni pintado para su modo de ser .
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