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EL MARQUÉS DE LUMBRÍA La casona solariega de los marqueses de Lumbría , el palacio , que es como se le llamaba en la adusta ciudad de Lorenza , parecía un arca de silenciosos recuerdos de misterio . A pesar de hallarse habitada , casi siempre permanecía con las ventanas y los balcones que daban al mundo cerrados . Su fachada , en la que se destacaba el gran escudo de armas del linaje de Lumbría , daba al Mediodía , a la gran plaza de la Catedral , y frente a la ponderosa y barroca fábrica de ésta ; pero como el sol la bañaba casi todo el día , y en Lorenza apenas hay días nublados , todos sus huecos permanecían cerrados . Y ello porque el excelentísimo señor marqués de Lumbría , don Rodrigo Suárez de Tejada , tenía horror a la luz del Sol y al aire libre . « El polvo de la calle y la luz del Sol — solía decir — no hacen más que deslustrar los muebles y echar a perder las habitaciones , y luego , las moscas . . . » El marqués tenía verdadero horror a las moscas , que podían venir de un andrajoso mendigo , acaso de un tiñoso . El marqués temblaba ante posibles contagios de enfermedades plebeyas . Eran tan sucios los de Lorenza y su comarca . . . Por la trasera daba la casona al enorme tajo escarpado que dominaba al río . Una manta de yedra cubría por aquella parte grandes lienzos del palacio . Y aunque la yedra era abrigo de ratones y otras alimañas , el marqués la respetaba . Era una tradición de familia . Y en un balcón puesto allí , a la umbría , libre del sol y de sus moscas , solía el marqués ponerse a leer mientras le arrullaba el rumor del río , que gruñía en el congosto de su cauce , forcejando con espumarajos por abrirse paso entre las rocas del tajo . El excelentísimo señor marqués de Lumbría vivía con dos hijas , Carolina , la mayor , y Luisa , y con su segunda mujer , doña Vicenta , señora de brumoso seso , que cuando no estaba durmiendo estaba quejándose de todo , y en especial del ruido . Porque así como el marqués temía al sol , la marquesa temía al ruido , y mientras aquél se iba en las tardes de estío a leer en el balcón en sombra , entre yedra , al son del canto secular del río , la señora se quedaba en el salón delantero a echar la siesta sobre una vieja butaca de raso , a la que no había tocado el sol , y al arrullo del silencio de la plaza de la Catedral . El marqués de Lumbría no tenía hijos varones , y ésta era la espina dolorosísima de su vida . Como que para tenerlos se había casado , a poco de enviudar con su mujer , con doña Vicenta , su señora , y la señora le había resultado estéril .
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