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Los cuatro restantes caminamos a toda prisa en busca del hato semiborroso , donde hacía guiños una candela . Aunque el Pipa clamaba amparo , lo forcé a que se apeara . Y zaguero , como oscuro fantasma , nos perseguía en la sobretarde . Raro temor me escalofriaba cuando nos acercamos a los corrales . Desde allí percibimos que la ramada estaba en silencio y que un gran fogón esclarecía el patio . Miré hacia los toldos y ya no los vi . Con súbita carrera llegué al tranquero , y el potro , encandilado , se resistía a invadir la estancia . Mauco y unas mujeres acudieron . — ¡ Por Dios ! ¡ Váyanse presto , que los cogen ! — ¿ Qué pasa ? ¿ Dónde está Alicia ? ¿ Dónde está Alicia ? — El viejo Zubieta duerme enterrao y tamos consolándonos con la candela . — ¿ Qué ha sucedido ? ¡ Dilo pronto ! — Que esa « voláa » les salió mal . Hubo que amenazarlo para que informara ; se había cometido un crimen la víspera . Viendo que Zubieta no se levantaba , desquiciaron la puerta de la cocina . Colgado por las muñecas en el lazo del chinchorro , balanceábase el vejete , vivo todavía , sin quejarse ni articular , porque en la raíz de la lengua le amarraron un cáñamo . Barrera no quiso verlo ; mas cuando el juez llegó al hato , hizo contra nosotros imputaciones tremendas . Juró que en días anteriores habíamos amenazado al abuelo para que revelara el escondrijo de sus tesoros ; que esa noche , apenas la gente se fue a los toldos a embriagarse , penetramos por la cumbrera y cometimos la atrocidad , distribuidos en grupos , para cavar simultáneamente en la topochera , en el cuartucho , en los corrales . El juez hizo firmar a todos la consabida declaración y regresó esa misma tarde , custodiado por Barrera y su personal , y el occiso fue sepultado en una de aquellas excavaciones , bajo el mango grande , quizás encima de las tinajas de morrocotas , sin ponerle alpargatas nuevas , sin que le ajustaran las quijadas con un pañuelo , ni le rezaran el Santo Dios , ni le bailaran las nueve noches . Y para mayor desgracia , tenían que cuidar ellos de que los marranos no revolcaran la sepultura , pues ya una vez habían desenterrado un brazo del muerto y se lo tragaron entre horribles gruñidos . Tan aturdido estaba yo con tal historia , que no había reparado en que una de las mujeres era Bastiana . Al verla le grité con pávido acento : — ¿ Dónde está Alicia ? ¿ Dónde está mi Alicia ? — ¡ Se jueron ! ¡ Se jueron y nos dejaron ! — ¿ Alicia ? ¿ Alicia ? ¿ Qué estás diciendo ? — ¡ Se la yevó la niña Griselda ! Apoyando en el tranquero los codos , comencé a llorar con llanto fácil , sin sollozos ni contorsiones ; era que la fuente de la desgracia , vertiéndose de mis ojos , me aliviaba el corazón de tan desconocida manera , que permanecí un momento insensible a todo . Miré con cara aflictiva a mis compañeros , sin sentir pudor por mis lágrimas , y los veía consolarme como en un sueño . Allí me rodearon todos , el Pipa se había apropiado uno de mis vestidos , las mujeres asaban carne y Franco exigía que me acostara . Mas al decirme que Alicia y Griselda eran dos vagabundas y que con otras mejores las reemplazaríamos , estalló mi despecho como un volcán , y saltando al potro , partí enloquecido para darles alcance y muerte . Y en el vértigo del escape me parecía ver a Barrera , descabezado como Millán , prendido por los talones a la cola de mi corcel , dispersando miembros en las malezas , hasta que , atomizado , se extinguía entre el polvo de los desiertos .
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