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El Pipa solía hacerme protestas de adhesión incondicional , y acabó por relatarme la pavorosa serie de sus andanzas . Su mano sabía disparar la barbada flecha en cuya punta iba ardiendo la pelota de « peramán » , que cruzaba el aire como un cometa , con el aullido de la consternación y del incendio . Muchas veces , para librarse del enemigo , se aplanó en el fondo de las lagunas como un caimán , y emergía sigiloso entre los juncales para renovar la respiración ; y si los perros le nadaban sobre la cabeza , buscándolo , los destripaba y consumía , sin que los vaqueros pudieran ver otra cosa que el chapoteo de algunos juncos en el apartado centro de los charcones . Adolescente apenas , vino a los llanos cuando estaba en su auge el hato de San Emigdio , y allí sirvió de « coquis » varios meses . Trabajaba todo el día con los llaneros , y por la noche agregábase a sus fatigas la de acopiar la leña y el agua , prender el fuego y asar carne . De madrugada lo despertaban los caporales a puntapiés , para que recociera el café cerrero ; y tras de tomarlo , se iban sin ayudarle a ensillar la mañosa bestia ni decirle hacia qué banco se dirigían . Y él , llevando del cabestro la mula de los calderos y los víveres , trotaba por las estepas oscurecidas , poniendo oído a las voces de los jinetes , hasta orientarse y seguir con ellos . Para colmo , la cocinera de la ramada le exigía cooperar en sus menesteres , y él , tiznado y humilde como un guiñapo , se resignaba a su situación . Más de una vez , al vaciar el « cocido » en la barbacoa , sobre las hojas frescas que servían de manteles , atropáronse los peones con la presteza de buitres hambrientos , y él tendió , como todos , las desaseadas manos a la carne para trinchar algún trozo con su « belduque » . El « arrimado » de la maritornes , un abuelote de empaque torvo , que lo celaba estúpidamente y que ya lo había vapuleado con el cinturón , comenzó a vociferar , masticando , porque no se repetía presto la calderada . Como el coquis no se afanó por obedecerle , lo agarró de una oreja y le bañó la cara en caldo caliente . El muchacho , enfurecido , le rasgó el buche de un solo tajo , y la asadura del comilón se regó humeando en la barbacoa , por entre las viandas . El dueño del hato apresó al chicuelo , liándole garganta y brazos con un « mecate » , y mandó dos hombres a que lo mataran ese mismo día , debajo de las resacas del Yaguarapo . Por fortuna , pescaban allí unos indios , que destriparon a los verdugos y le dieron al sentenciado la libertad , pero llevándoselo consigo . Errante y desnudo vivió en las selvas más de veinte años , como instructor militar de las grandes tribus , en el Capanaparo y en el Vichada ; y como cauchero , en el Inírida y en el Vaupés , en el Orinoco y en el Guaviare , con los piapocos y los guahibos , con los baniyas y los barés , con los cuivas , los carijonas y los huitotos . Pero su mayor influencia la ejercía sobre los guahibos , a quienes había perfeccionado en el arte de las guerrillas . Con ellos asaltó siempre las rancherías de los sálivas y las fundaciones que baña el Pauto . Cayó prisionero en distintas épocas , cuando una « raya » le lanceó el pie , o cuando las fiebres le consumían ; pero , con riesgosa suerte , se hizo pasar por vaquero cautivo de los hatos de Venezuela , y conoció diferentes cárceles , donde observaba intachable conducta para volver pronto a la inclemencia de los desiertos y al usufructo de las revoltosas capitanías .
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