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El jefe de la familia me manifestaba cierta frialdad , que se traducía en un silencio despectivo . Procuraba yo halagarlo en distintas formas , por el deseo de que me instruyera en sus tradiciones , en sus cantos guerreros , en sus leyendas ; inútiles fueron mis cortesías , porque aquellas tribus rudimentarias y nómades no tienen dioses , ni héroes , ni patria , ni pretérito , ni futuro . Aconteció que traje del garcero dos patos grises , pequeños como palomas , ocultos en una mochila . Hallé uno muerto al día siguiente , y lo desplumé junto al fogón para que mis perros se lo comieran . Mas , al verme , el cacique tomó sus flechas y me amenazó con la macana , dando alaridos y trenos , hasta que las mujeres , pavoridas , recogieron las plumas y las soplaron al aire de la mañana . Rodeáronme mis compañeros y me arrebataron la carabina porque no amenazara al abuelo audaz . Este arrojóse al suelo , cubriéndose la cara con las manos se retorcía en epilépticas convulsiones , empezó a dar sollozos de despedida , besaba la tierra y la manchaba con espumarajos . Luego quedóse rígido , entre el espanto del desnudo harén , pero el Pipa le echó rescoldo en las orejas para que la muerte no le comunicara su fatal secreto . Entonces me advirtió nuestro intérprete que las almas de aquellos bárbaros residen en distintos animales , y que la del cacique se asemejaba a un pato gris . Probablemente moriría de sugestión por haber contemplado al ave sin vida , y la tribu se vengaría de mi « homicidio » . Apresuréme a sacar el otro pato y lo dejé revolotear entre la ramada ; al verlo , el indio quedóse en éxtasis ante el milagro y siguió los zigzags del vuelo sobre la plenitud del inmediato río . El pueril incidente bastó para acreditarme como ser sobrenatural , dueño de almas y destinos . Ningún aborigen se atrevía a mirarme , pero yo estaba presente en sus pensamientos , ejerciendo influencias desconocidas sobre sus esperanzas y sus pesadumbres . A mis pies cayeron dos muchachos , y se brindaron a acompañar nuestra expedición sin que sus mujeres se resistieran . Nunca he podido recordar sus nombres vernáculos , y apenas sé que traducidos a buen romance querían decir , casi literalmente , « Pajarito del Monte » y « Cerrito de la Sabana » . Abracélos en señal de que aceptaba su ofrecimiento , por lo cual descolgaron del techo las palancas y les remudaron el fique de las horquetas , para que soportaran el impulso de la canoa al hincarse en los « carameros » de los charcos o en los arrecifes costaneros . A su vez , las indias viejas rallaban yuca para la preparación del « cazabe » que debía alimentarnos en el desierto . Echaban la mezcla acuosa en el « sebucán » , ancho cilindro de hojas de palma retejidas , cuyo extremo inferior se retuerce con un tramojo para exprimir el almidonoso jugo de la rallada . Otras , desnudas en contorno de la candela , recalentaban el « budare » , tiesto redondo y plano , sobre cuya superficie iban extendiendo la masa inmunda y la alisaban con los dedos ensalivados hasta que la torta endureciera . Quiénes torcían sobre los muslos las fibras sacadas del cogollo de los moriches , para tejer un chinchorro nuevo , digno de mi estatura y mi persona , mientras el cacique , gesticulando , me hacía entender que celebraría con baile pomposo el vasallaje debido a mi fortaleza y mi autoridad .
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