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Mi espíritu pregustaba el acre sabor de las próximas aventuras . Los indios encargados de procurarnos la mercancía fueron estafados por los tenderos de Orocué . En cambio de los artículos que llevaron : « seje » , chinchorros , « pendare » y plumas , recibieron baratijas que valían mil veces menos . Aunque el Pipa les enseñó cuidadosamente los precios razonables , sucumbieron a su ignorancia y la avilantez de los explotadores volvió a enriquecerse con el engaño . Unos paquetes de sal porosa , unos pañuelos azules y rojos y algunos cuchillos , fueron írrito pago de la remesa , y los emisarios tornaron felices de que , como otras veces , no los hubieran obligado a barrer las tiendas , cargar agua , desyerbar la calle , empacar cueros . Fallida la esperanza de acrecentar los equipajes , nos consolamos con la certeza de que el viaje sería menos complicado . Y , al fin , una noche de plenilunio , quedó lista la gran curiara que , con blando meneo , ofrecía conducirnos a Caviona . Afluyeron al baile más de cincuenta indios , de todo sexo y edad , pintarrajeados y licenciosos , y fueron amojonándose en la abierta playa , con los calabazos de hervidora chicha . Desde por la tarde habían hecho acopio de « mojojoyes » , gruesos gusanos de anillos peludos , que viven enroscados en los troncos podridos . Descabezábanlos con los dientes , como el fumador que despunta el cigarro , y sorbían el contenido mantequilloso , refregándose luego la vacía funda del animal en las cabelleras , para lustrarlas . Las de las pollonas , de altivos senos , resplandecían como el charol , bajo el nimbo de plumas de guacamayo y sobre los collares de corozos y cornalinas . El cacique se había embijado el rostro con achiote y miel y aspiraba el polvo del « yopo » , introduciéndose en las narices , sendos canutillos . Cual si lo hubiera atacado el « delirium tremens » , bamboleábase embrutecido entre las muchachas , y las apretaba y perseguía , semejante a un cabrío rijoso , pero impotente . A veces , a media lengua , venía a felicitarme porque , según el Pipa , era yo , como él , enemigo de los vaqueros y les había quemado las fundaciones , cosas que me hacían digno de una macana fina y de un arco nuevo . En medio de la orgiástica barahúnda , prodigábase la chicha de fermento atroz , y las mujeres y los chicuelos irritaban con su vocerío la bacanal . Luego empezaron a girar sobre las arenas en moroso círculo , al compás de los fotutos y las cañas , sacudiendo el pie izquierdo a cada tres pasos , como lo manda el rigor del baile nativo . Parecía más bien la danza un tardo desfile de prisioneros , alrededor de inmensa argolla , obligados a repisar una sola huella , con la vista al suelo , gobernados por el quejido de la chirimía y del grave paloteo de los tamboriles . Ya no se oía más que el son de la música y el cálido resollar de los danzantes , tristes como la luna , mudos como el río que los consentía sobre sus playas . De pronto las mujeres , que permanecían silenciosas dentro del círculo , abrazaron las cinturas de sus amantes y trenzaban el mismo paso , inclinadas y entorpecidas , hasta que con súbito desahogo corearon todos los pechos ascendente alarido , que estremecía selvas y espacios como una campanada lúgubre : ¡ Aaaaay . . . Ohé ! . . .
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