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— ¿ Para qué ? ¡ Todo se acabó ! ¡ Cómo me duele que tengas hambre ! — ¿ Las pepas de este árbol serán venenosas ? — Probablemente . Pero los indios están pescando . Aguardemos hasta mañana . Y con los ojos llenos de lágrimas , balbucí , desviando el calibre : — ¡ Bueno , bueno ! Hasta mañana . * * * Los perros comenzaron a manotear en mi mosquitero para que abandonáramos el playón . Evidentemente , seguía creciendo el río . Cuando nos guarecimos en una laja del promontorio , había estrellas sobre los montes . Los perros ladraban desde los barrancos . — Pipa , llama a esos cachorros , que aúllan como viendo al diablo . Y los silbé lúgubremente . Franco me aclaró que el Pipa andaba con los indígenas . Entonces advertimos un reflejo como de linterna que , muy abajo , parecía surcar el agua . Con intermitencia alumbraba y se perdía , y al amanecer no lo vimos más . Pajarito del Monte y Cerrito de la Sabana llegaron fatigosos con esta noticia : — « Falca » subiendo río . Compañero siguiéndola por la orilla . Falca picureándose . El Pipa nos trajo nuevos informes : era una canoa ligera , con techo de palma entretejida . Al notar que en la sombra andaban indios , apagó el candil y sesgó rumbo . Debíamos acecharla , hacerle fuego . Como a las once del día , remontó a palanca , sigilosamente , escondiéndose en los rebalses , bajo los densos guamos . Se empeñaba en forzar un chorro , y , por escaparse al remolino , tocó la costa para que un hombre la remolcara al extremo de la cadena . Enderezamos hacia el boga la puntería , mientras que Franco le salió al encuentro con el machete en alto . Al instante , el que timoneaba la embarcación exclamó de pie : — ¡ Teniente ! ¡ Mi teniente ! , ¡ yo soy Helí Mesa ! Y saltando a la orilla , se apretaron enternecidos . Después , al ofrecernos la « yucuta » hecha de mañoco , el cual parecía salvado grueso , expuso Mesa , repartiéndonos la ración : — ¿ Qué proyectos ocultan ustedes , que me preguntan por los caucheros ? El tal Barrera se robó esa gente y se la lleva para el Brasil , a venderla en el río Guainía . A mí también me enganchó hace ya dos meses , pero me le fugué a la entrada del Orinoco , después de matarle a un capataz . Estos dos indios que me acompañan son de Maipures . Miré estupefacto a mis camaradas , sintiendo un vértigo más horripilante que el de la fiebre . Callábamos cogitabundos , estremecidos . Mesa nos observaba con inquietud . Franco rompió el silencio . — Dime , ¿ con los caucheros va la Griselda ? — Sí , mi Teniente . — ¿ Y una muchacha llamada Alicia ? — le pregunté con voz convulsa . — ¡ También , también ! . . . Junto al fogón que fulgía en la arena , nos envolvíamos en el humo , para esquivar la plaga . Ya sería la medianoche cuando Helí Mesa resumió su brutal relato , que escuchaba yo sentado en el suelo , hundida la cabeza entre las rodillas . — Si ustedes hubieran visto el caño Muco el día del embarco , habrían pensado que aquella fiesta no tenía fin . Barrera prodigaba abrazos , sonrisas , enhorabuenas , satisfecho de la mesnada que iba a seguirlo . Los tiples y las maracas no descansaban , y , a falta de cohetes , disparábamos los revólveres . Hubo cantos , botellas , almuerzo a rodo . Luego , al sacar nuevas damajuanas de aguardiente , pronunció Barrera un falaz discurso , empalagoso de promesas y cariño , y nos suplicó que llevásemos nuestras armas a un solo bongo , no fuera que tanto júbilo provocara alguna desgracia . Todos le obedecimos sin protesta .
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