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— ¿ Qué hay ? — le susurraron a media voz , acercándole las caras oscuras . Y palparon los nudos de la soga que le ciñeron . — ¡ Estamos salvados ! Estúpidos de gozo repitieron la misma frase : « ¡ Salvados ! ¡ Salvados ! » . Y , postrándose en tierra , apretaban el lodo con las rodillas , porque el dolor los dejó contritos , y entonaron un gran ronquido de acción de gracias , sin preguntar en qué consistía la salvación . Bastó que otro hombre la prometiera para que todos la proclamaran y bendijeran al salvador . Don Clemente recibió abrazos , súplicas de perdón , palabras de enmienda . Algunos querían atribuírse el exclusivo mérito del milagro : — ¡ Las oraciones de mi madrecita ! — ¡ Las misas que ofrecí ! — ¡ El escapulario que llevo puesto ! Mientras tanto , la Muerte debió reírse en la oscuridad . Amaneció . La ansiedad que los sostenía les acentuó en el rostro la mueca trágica . Magros , febricitantes , con los ojos enrojecidos y los pulsos trémulos , se dieron a esperar que saliera el sol . La actitud de aquellos dementes bajo los árboles infundía miedo . Olvidaron el sonreír , y cuando pensaban en la sonrisa , les plegaba la boca un rictus fantástico . Recelaban del cielo , que no se divisaba por ninguna parte . Lentamente empezó a llover . Nadie dijo nada , pero se miraron y se comprendieron . Decididos a regresar , moviéronse sobre el rastro del día anterior , por la orilla de una laguna donde las señales desaparecían . Sus huellas en el barro eran pequeños pozos que se inundaban . Sin embargo , el rumbero cogió la pista , gozando del más absoluto silencio como hasta las nueve de la mañana , cuando entraron a unos « chuscales » de plebeya vegetación donde ocurría un fenómeno singular : tropas de conejos y guatines , dóciles o atontados , se les metían por entre las piernas buscando refugio . Momentos después , un grave rumor como de linfas precipitadas se sentía venir por la inmensidad . — ¡ Santo Dios ! ¡ Las tambochas ! Entonces sólo pensaron en huir . Prefirieron las sanguijuelas y se guarecieron en un rebalse , con el agua sobre los hombros . Desde allí miraron pasar la primera ronda . A semejanza de las cenizas que a lo lejos lanzan las quemas , caían sobre la charca fugitivas tribus de cucarachas y coleópteros , mientras que las márgenes se poblaban de arácnidos y reptiles , obligando a los hombres a sacudir las aguas mefíticas para que no avanzaran en ellas . Un temblor continuo agitaba el suelo , cual si las hojarascas hirvieran solas . Por debajo de troncos y raíces avanzaba el tumulto de la invasión , a tiempo que los árboles se cubrían de una mancha negra , como cáscara movediza , que iba ascendiendo implacablemente a afligir las ramas , a saquear los nidos , a colarse en los agujeros . Alguna comadreja desorbitada , algún lagarto moroso , alguna rata recién parida eran ansiadas presas de aquel ejército , que las descamaba , entre chillidos , con una presteza de ácidos disolventes . ¿ Cuánto tiempo duró el martirio de aquellos hombres , sepultados en cieno líquido hasta el mentón , que observaban con ojos pávidos el desfile de un enemigo que pasaba , pasaba y volvía a pasar ? ¡ Horas horripilantes en que saborearon a sorbo y sorbo las alquitaradas hieles de la tortura ! Cuando calcularon que se alejaba la última ronda , pretendieron salir a tierra , pero sus miembros estaban paralizados , sin fuerzas para despegarse del barrizal donde se habían enterrado vivos .
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