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Una tarde , Pilar , al volver de su club , la halló como nunca pensativa . — Tonta — le dijo — ¿ en qué cavilas ? Si vinieses al Casino , te divertirías mucho . — Pilarcita — murmuró Lucía echándole al cuello los brazos — , ¿ me guardarás un secreto si te lo digo ? Encendiéronse los ojos de la anémica . — ¡ Pues no ! Desahoga ese corazón , mujer . . . . Entre nosotras , ¿ verdad ? , todo puede contarse . . . . Yo he visto tantas cosas . . . nada me sorprende . . . . — Escucha . . . — dijo Lucía — . Quisiera saber , a toda costa , cómo sigue la madre del señor don Ignacio Artegui . Retrocedió Pilar desorientada ; y riéndose en seguida con su cínico reír , exclamó : — ¿ No es más que eso ? ¡ Vaya un secreto ! ¡ Gran puñado son tres moscas ! — Por Dios — suplicó apurada Lucía — , que a nadie se lo indiques . . . . Yo me muero por saberlo , pero si se entera . . . alguien . . . . Miranda , o así . . . . — ¡ Eh ! boba , yo lo sabré pronto , y sin informar a nadie . . . . Tengo mil medios de averiguarlo . . . . Te prometo que saldrás de la curiosidad . . . . Pilar dio dos o tres golpecitos en la barbilla a Lucía , que estaba grave y aun algo confusa . — ¿ Paseamos hoy , señora enfermera ? — interrogó la anémica . — Sí , y beberás leche en Vesse . Pero coge otro traje de más abrigo , por Dios : eres capaz de resfriarte . . . . ¿ No has notado qué bien huelen las rosas ? En León apenas las hay : me acuerdo de que las que podía coger se las ponía todas a la Purísima que tengo en mi cuarto . - XI - Era el Casino para Perico y Miranda , como para todos los ociosos de la colonia , casa y hogar durante la temporada termal . En conjunto el gran edificio se asemejaba a un concierto de voces que convidasen a la existencia rápida y fácil de nuestro siglo . El espacioso peristilo , la fachada principal con su vasta azotea , su jardinete reservado , donde vegetan en graciosas canastillas exóticas plantas , y sus ricos y caprichosos adornos renacientes de blanquísima sillería ; las altas columnas de bruñido pórfido que el interior sustentan ; las muelles butacas y los anchos divanes ; los cupidillos traviesos ( símbolo artístico de efímeros amores que suelen vivir el espacio de una quincena de aguas ) que corren por la cornisa del gran salón de baile , o revolotean en el azul de los anchos recuadros del teatro ; el oro prodigado en toques hábiles , como puntos de luz , o en luengos listones , como rayos de sol ; las grandes ventanas de límpidos cristales , todo , en suma , ayudaba a la fantasía a representarse un templo ateniense , corregido y aumentado con los beneficios y goces de la civilización actual .
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