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¡ Oh placer ! ¡ oh gloria ! el erial quedaba debajo ; surcaba la región ambiente , pura , serena , azul , y ya la casa no estaba lejos , y ya se acababan los eternos plátanos , y ya distinguía el cuerpo dueño de la mano . . . era un cuerpo esbelto sin delgadez , dignamente rematado por una cabeza varonil y melancólica . . . pero que entonces se sonreía cariñosamente , con expansión infinita . . . . ¡ Cómo volaba Lucía ! ¡ cómo respiraba a placer en la atmósfera serena ! ánimo , poco falta . . . . Lucía escuchaba el batir de sus propias alas , porque tenía alas ; y el regalado frescor de las plumas le refrigeraba el corazón . . . . Ya estaba cerca de la ventana . . . . Sintió de pronto dos dolores agudos , como una herida gemela hecha con dos armas a un tiempo : distinguió una tijera enorme que sobre ella se cernía ; vio caer al suelo dos alas de paloma blancas y ensangrentadas ; y sin ser poderosa a más , cayó ella también , pero de prodigiosa altura ; no al suelo del jardín , sino a un precipicio , una sima muy honda , muy honda . . . . Allá en el fondo ardían dos lucecicas , y la miraban unos ojos compasivos de mujer vestida de blanco . . . . Ni más ni menos que caía en la gruta de Lourdes . . . no podía ser otra ; estaba tal como la había visto en la iglesia de San Luis en Vichy ; hasta la Virgen tenía los mismos rosales , los mismos crisantemos . . . . ¡ ay , qué fresca y hermosa era la gruta , con su manantialillo murmurador ! Lucía ansiaba llegar . . . pero la angustia de la caída la despertó , como sucede siempre en las pesadillas . - XIV - A pocos días de haberse confesado Pilar , expiró . Fue su muerte casi dulce y del todo imprevista , en cuanto careció de agonía . Una flema mayor que las demás cortó su respiración algunos segundos , y apagose la débil luz de la vida en la exhausta lámpara . Lucía estaba sola con ella , y sosteníale la cabeza para toser , a tiempo que , doblando de pronto el cuello , la tísica entregó el alma . Tiene este horrible mal de la tisis tan diversas fases y aspectos , que hay enfermo que al morir cuenta los instantes que le restan de existencia , y haylo que cae sorprendido en la eternidad , como la fiera en el lazo . Lucía , que nunca había visto muertos , no pudo imaginar que fuese sino un síncope profundo ; creía ella que el espíritu no abandonaba sin lucha y ansías mayores su vestidura mortal . Salió gritando y pidiendo auxilio ; acudió primero Sardiola a sus voces , y meneando la cabeza , dijo : « Se acabó . » Miranda y Perico llegaron en breve ; justamente estaban en casa por ser las once , hora de cambiar el lecho por el almuerzo . Miranda alzó las cejas , frunciolas después , y dijo poniendo la voz en el registro grave : — Era de temer , de temer . . . . Sí , estaba muy mal . . . . Pero tan de pronto , señor . . . si es que parece imposible . . . .
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