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Precipitadamente y sin mirar al terreno , saltó Miranda a la vía , para alcanzar los vagones de primera , que en aquel punto desfilaban ante sus ojos , como mofándose de él . Quiso lanzarse al estribo , pero al tocarle fue despedido a la vía con gran violencia , y cayó , sintiendo agudo y repentino dolor en el pie derecho . Quedose en el suelo , medio incorporado , profiriendo una imprecación de esas que en España los hombres más preciados de distinguidos y elegantes no recelan tomar del lenguaje patibulario de los facinerosos . El tren , rugiente , majestuoso y veloz , cruzó ante él , despidiendo la negra máquina centellas de fuego , semejantes a espíritus fantásticos danzando entre las tinieblas nocturnas . Pocos momentos después de que Miranda bajó a recoger su cartera , habíase abierto la puerta del departamento donde quedaba Lucía dormida , penetrando por ella un hombre . Llevaba éste en la mano un maletín , que dejó caer a su lado , sobre los cojines . Cerrando la portezuela , sentose en un ángulo , pegada la frente al vidrio , frío como el hielo y empañado por el rocío de la noche . No se veía más que la negrura exterior , que apenas contrastaba la confusa penumbra del andén , el farolillo del guarda que lo recorría , y los mustios reverberos aquí y allí esparcidos . Cuando el tren rompió a andar , pasaron unas chispas , rápidas como exhalaciones , ante el cristal en que apoyaba su rostro el recién llegado . - IV - Al cual no dejó de parecer extraña y desusada cosa — así que , cesando de contemplar las tinieblas , convirtió la vista al interior del departamento — el que aquella mujer , que tan a su sabor dormía , se hubiese metido allí en vez de irse a un reservado de señoras . Y a esta reflexión siguió una idea , que le hizo fruncir el ceño y contrajo sus labios con una sonrisa desdeñosa . No obstante , la segunda mirada que fijó en Lucía le inspiró distintos y más caritativos pensamientos . La luz del reverbero , cuya cortina azul descorrió para mejor examinar a la durmiente , la hería de lleno ; pero según el balanceo del tren , oscilaba , y tan pronto , retirándose , la dejaba en sombra , como la hacía surgir , radiante , de la obscuridad . Naturalmente se concentraba la luz en los puntos más salientes y claros de su rostro y cuerpo . La frente , blanca como un jazmín , los rosados pómulos , la redonda barbilla , los labios entreabiertos que daban paso al hálito suave , dejando ver los nacarinos dientes , brillaban al tocarlos la fuerte y cruda claridad ; la cabeza la sostenía con un brazo , al modo de las bacantes antiguas , y su mano resaltaba entre las obscuridades del cabello , mientras la otra pendía , en el abandono del sueño , descalza de guante también , luciendo en el dedo meñique la alianza , y un poco hinchadas las venas , porque la postura agolpaba allí la sangre . Cada vez que el cuerpo de Lucía entraba en la zona luminosa , despedían áureo destello los botones de cincelado metal , encendiéndose sobre el paño marrón del levitín , y se entreveía , a trechos de la revuelta falda , orlada de menudo volante a pliegues , algo del encaje de las enaguas , y el primoroso zapato de bronceada piel , con curvo tacón .
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