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Una mujer alta , rubia , limpia , de gorra planchada y encañonada , acudió solícita a la puerta , apresurándose a dar el maletín de Artegui a un mozo . — Los señores querrán una habitación — murmuró en francés con su voz melosa y complaciente . — Dos — contestó Artegui lacónico . — Dos — repitió ella en español , si bien con acento transpirenaico — . ¿ Y las quierren los señoress cuntas ? — Independientes del todo . — Tout a fait . . . Serrán servidos . La dueña llamó a una camarera , no menos que ella pulcra y servicial , y tomando ésta dos llaves de la tabla numerada en que colgaban todas las del hotel , echó delante por las escaleras enceradas , y la siguieron Artegui y Lucía . En el tercer piso se detuvo , no sin algún sobrealiento , y abriendo las puertas de dos gabinetes contiguos , pero independientes , encendió con pajuelas las bujías colocadas , sobre la chimenea , y fuese . Artegui y Lucía permanecieron unos segundos callados , de pie , en la puerta de las habitaciones . Al fin pronunció él : — Es natural que quiera usted lavarse y quitarse el polvo , y descansar un rato . La dejo a usted . Llame usted a la camarera , si necesita algo ; aquí todas hablan su poco de español . — Hasta luego — contestó mecánicamente ella . Así que el batir de la puerta hubo anunciado a Lucía que estaba sola del todo , y que sus ojos se fijaron en la habitación desconocida , mal alumbrada por las bujías , desvaneciósele la especie de mareo del viaje ; recordó su cuartico de León , sencillo , pero primoroso como una taza de plata , con su pila , sus santos , sus matas de reseda , su costurero y su armario de cedro , monumental y atestado de ropa limpia . Vinósele también a la memoria su padre , Carmela , Rosarito , todo el dulce pasado . Sintiose entonces triste , muy triste ; la asaltaron miedos y terrores indefinibles , pero fortísimos ; pareciole su situación extraña y peligrosa , preñado de amenazas el presente , obscuro el porvenir . Dejose caer en una butaca y clavó en las luces la mirada fija y vacía de los que se absorben en penosa meditación . - V - Sería pasada una hora , o quizás hora y media , cuando oyó Lucía herir con los nudillos a la puerta de su cuarto , y abriendo , se halló cara a cara con su compañero y protector , que en los blancos puños y en no sé qué leves modificaciones del traje , daba testimonio de haber ejercido ese detenido aseo , que es uno de los sacramentos de nuestro siglo . Entró , y sin sentarse , tendió a Lucía un portamonedas , amorcillado de puro relleno . — Aquí tiene usted — dijo — dinero suficiente para cuanto pueda ocurrírsele , hasta la llegada de su marido . Como estos días suelen los trenes sufrir mucho retraso , creo que no vendrá hasta la madrugada ; pero de todas suertes , aunque no llegase en diez días o en un mes , le alcanza a usted para esperar . Mirábale Lucía cual si no comprendiese , y no alargaba la mano para tomar el portamonedas . Él se lo introdujo en el hueco del puño . — Yo tengo que salir ahora a unos asuntos . . . . Después cogeré el primer tren que salga . Adiós , señora — añadió ceremoniosamente : y dio dos pasos hacia la puerta .
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