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— Señor de Artegui . . . — balbució débilmente Lucía — , usted , según creo , dará culto al demonio , negándoselo a Dios . — ¡ Culto ! no , ¿ he de dar culto al poder inicuo que , guarecido en la sombra , conspira al daño común ? Luchar , luchar con él quiero ahora y siempre . Usted le llama demonio : yo el mal , el dolor universal . Yo , sé cómo se le vence . — Con fe y buenas obras — exclamó la niña . — Muriendo — respondió él . Quien de lejos divisara aquella pareja , mancebo galán y lozana doncellita , departiendo solos en la vega frondosa , tomáralos , a buen seguro , por enamorados novios ; y no creyera que hablaban de dolor y muerte , sino de amor , que es la vida misma . Artegui , de pie , se veía claramente en los garzos ojos que hacia él alzaba Lucía , ojos que , a pesar de la obscuridad del cielo , parecían salpicados de pajuelas luminosas . — ¡ Muriendo ! — repitió ella , como el árbol repercute el sonido del golpe que le hiere . — Muriendo . El dolor no concluye sino en la muerte : sólo la muerte burla a la fuerza creedora que goza en engendrar para atormentar después a su infeliz progenitura . — No le entiendo a usted — murmuró Lucía — ; pero tengo miedo — . Y su cuerpo temblaba todo como los mimbrales . Artegui no contestó palabra : mas una voz grave y poderosa , retumbando en los cielos , se unió de pronto al extraño dúo . Era el trueno , que estallaba a lo lejos , solemne y terrible . Lucía exhaló un gemido de pavor , cayendo con la faz contra la hierba . Desgarráronse las nubes , y anchas gotas de agua cayeron , sonando como goterones de plomo líquido en la crujiente seda de las frondas de mimbre . Bajose rápidamente Artegui , y tomando con nervioso vigor a Lucía en sus brazos , dio a correr sin mirar por dónde , saltando zanjas , atravesando barbechos , pisando apios y coles , hasta llegar , azotado por la lluvia , perseguido por el trueno que se acercaba , a la carretera . El cochero renegaba del mal tiempo enérgicamente cuando Artegui depositó a Lucía casi exánime en el asiento , subiendo a toda prisa el hule , para guarecerla algo . Las jacas , espantadas , salieron sin aguardar la caricia de la fusta , y , aguzadas las orejas y ensanchando las fosas nasales , arrancaron hacia Bayona . - VII - Lucía acababa de secarse ante la chimenea encendida por Artegui en su cuarto . Los cabellos , antes empapados y pegados a la frente , comenzaban a revolar ligeros en torno de sus sienes ; su ropa humeaba aún , pero ya el benéfico calorcillo , penetrándola , le restituía la acostumbrada soltura . Sólo la pluma del sombrero , lastimosamente alicaída , atestiguaba los estragos de la arroyada , a despecho de la prolijidad con que su dueña , aproximándola a las llamas , intentaba devolverle las gráciles roscas . En una butaca yacía Artegui , cual siempre , yerto , abandonado a la inercia de sus ensueños . Reposaba sin duda la fatiga de haber prendido fuego a los cepos que tan regocijadamente ardían , y pedido té y servídolo , mezclándole unas gotas de ron . Silencioso y quieto ahora , posaba los ojos en Lucía y en el fuego , que daba móvil fondo rojo a su cabeza . Mientras Lucía sintió el peso de la mojada ropa y la prensión del calzado húmedo , mantúvose también muda y encogida , tiritando , creyendo escuchar aún el redoble de los truenos y sentir los picotazos de las múltiples agujas de la lluvia en sus mejillas .
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