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Lucía aun vendó aquella noche el pie , casi sano ya , de Miranda . Hízolo con el tino y delicadeza que acostumbraba ; pero al apoyar en su rodilla la planta de su marido para mejor poder colocar la compresa y ceñir las tiras de goma elástica a la articulación , no sonreía como las demás veces . Silenciosa llenó el caritativo deber , y al levantarse del suelo , exhaló leve suspiro , como el que desahoga , cumplida alguna tarea de que cuerpo y espíritu por igual recibieron cansancio . - IX - El chalet alquilado en Vichy por las dos familias , Miranda y Gonzalvo , llevaba el poético letrero de Chalet de las Rosas . A fin de justificar el nombre , sin duda , corrían por todos sus calados balaústres airosos festones de rosal enredadera , al extremo de cuyas ramas oscilaban las cabecitas lánguidas de las últimas rosas de la estación . Habíalas color barquillo bajo , realzadas por la nota de fuego de las bengalas , y las rosas enanas , de matiz de carne , parecían rostros microscópicos , que miraban curiosos a las vidrieras del chalet . En el jardinete , ante el peristilo , era una gentil confusión de rosas de todos los tonos y tamaños . Las Maimaison descollaban rosadas y turgentes , como un hermoso seno ; las té se deshacían , dejando pender sus desmayados pétalos ; las de Alejandría , erguidas y elegantes , vertían su copa de esencia embriagadora ; las musgosas reían irónicas con sus labios de carmín , al través de una barba tupida y verde ; las albas desafiaban a la nieve con su fría y cándida belleza , con su rigidez púdica de flores de batista . Y entre sus lindas hermanas , la exótica viridiflora ocultaba sus capullos glaucos , como avergonzándose del extraño color alagartado de sus flores de su fealdad de planta rara , interesante tan sólo para el botánico . Tenía el chalet los dos pisos de rigor ; el entresuelo repartido en comedor , cocina , salita y un angosto recibimiento ; el principal dedicado a dormitorios y cuartos de aseo . A la altura del principal corría una balconada , calada como finísimo encaje , que se repetía en el entresuelo , cubierta casi por las enredaderas . Delgada verja de hierro aislaba el chalet por la parte que daba a la vía pública , avenida plantada de árboles ; por donde confinaba con otras casas y jardines , hacían el mismo oficio unas breves tapias . A la entrada de la verja , sobre sendas columnas de mármol gris , dos niños de bronce alzaban sus bracitos gordezuelos para sostener una bomba de cristal mate , que protegía un mechero de gas . Comprendíase a primera vista que el chalet , con sus delgadas paredes de madera , mal defendería a sus habitantes del frío del invierno y los calores del verano ; pero en la estación de otoño , templada y benigna , aquella caprichosa construcción , orlada de franjas de menuda crestería , trabajada como un juguete de sobremesa , engalanada de fresca guirnalda de rosales , era el albergue más coquetón y donoso que puede imaginar la mente , el nido más adecuado para una pareja de enamoradas tórtolas .
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