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II DE LA MARUCA Á SAN MARTÍN Estaba tentadora la Maruca cuando pasaron junto á ella los cuatro muchachos que se encaminaban á San Martín . Salía el agua á borbotones por el boquerón de la trasera del Muelle , y regueros de espuma iban marcando el creciente nivel de la marea en el muro de la calzada de Cañadío y en la playa de la parte opuesta , cerrada por la fachada de un almacén que aún existe , y un alto y espeso bardal que empalmaba con ella en dirección al Este , espacio ocupado hoy por la casa de los Jardines y la plaza del Cuadro , con cuantos edificios y calles les siguen por el Norte , hasta la pared de la huerta de Rábago . Esto era la Maruca de entonces , que comunicaba con la bahía por el alcantarillón que desembocaba en la punta del Muelle , antro temeroso que muy pocos valientes se habían atrevido á explorar , cabalgando en un madero flotante . Cuco aseguraba haber acometido esta empresa ; es decir , entrar por el boquerón de la Maruca y salir por el del Muelle , á media marea ; pero tales cosas contaba de tinieblas espesas , de ruidos espantosos , de ratas como cabritos y de ayes lastimeros , como de ánimas en pena , que me han hecho dudar después acá que fuera verdad la hazaña . Meter la cabeza en el negro misterio , pero sin abrir los ojos por no ver horrores , eso lo hicieron muchos , y yo entre ellos ; pero lo de Cuco . . . ¡ bah ! ¿ Por qué no citaba testigos cuando lo afirmaba ? Y bien valía la pena de acreditarse así tal empresa , por ser la única que podía , ya que no compararse , ponerse cerca siquiera de otra , tan espantable de suyo , que ni en broma se atrevió entonces ningún muchacho á decir que la hubiera acometido : dar cuatro pasos no más en el antro misterioso que conducía al abismo en cuyo fondo flotaba el barco de piedra en que vinieron á Santander las cabezas de sus patronos , los mártires de Calahorra , San Emeterio y San Celedonio ; antro cuya puerta de entrada , baja y angosta , manchada de todo género de inmundicias y cerrada siempre , contemplaban chicos y grandes , con serios recelos , en el muro del Cristo , cerca ya de San Felipe , al pasar por la embovedada calle de los Azogues . Según la versión popular , lo mismo era penetrar allí una persona , que caer destrozada á golpes y desaparecer del mundo para siempre . Se habían dado casos , y nadie los ponía en duda , aunque sobre los quiénes y los cuándos no hubiera toda la claridad que fuera de apetecer . Repito que estaba tentadora la Maruca para los cuatro chicos que caminaban hacia San Martín . La marea , á más de dos tercios ( y eran vivas á la sazón ) , y todos los maderos flotando ; y además de las perchas de costumbre ( porque siempre había allí alguna ) , dos vigas que no estaban el día antes : dos vigas juntas , amarradas una á otra y fondeadas con un arpón , cerca de la orilla del bardal . — ¡ Cosa de nada ! — como dijo Andrés respingando de gusto en cuanto las vió ; — descalzarme , remangar las perneras hasta los muslos , y en un decir « Jesús , » atracar un poco las vigas , halando del cabo del arpón ; saltar encima de ellas , y con el palo que tengo escondido donde yo sé , bien cerca de aquí . . . ¡ Recontra , qué barco más hermoso ! . . . ¡ y qué marea !
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