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La única respuesta que se le ocurrió á Andrés , de pronto , á esta inesperada y hasta elocuente exaltación de Muergo , fué un bofetón de los tremendos que él sabía dar en lances muy apurados ; pero no estaba la calle solitaria ; y no estándolo , el golpe iba á tener más resonancia de la que á él le convenía . Advirtióle algo de ello al monstruoso mareante para que se diera por respondido , es decir , por abofeteado ; y temeroso de que la réplica del insubordinado animal le obligara á cumplirle la amenaza , apartóse de él precipitadamente . Cada paso que daba en aquella desdichada aventura era una torpeza que le costaba un nuevo descalabro . Así es que el pobre chico iba ahumando hacia la calle de la Blanca , mientras su monstruoso rival entraba en la Zanguina . XX EL IDILIO DE CLETO Al día siguiente entró en el puerto la Montañesa , de retorno de su viaje á la Habana , y se desembarcó el capitán , resuelto á dejar el oficio por todos los días de su vida . — ¡ Ya es hora , Pedro , ya es hora ! — le decía la capitana , estrechándole en sus brazos después de oirle jurar que no quebrantaría aquellos buenos propósitos . — ¡ Qué lástima que no lo hubieras hecho unos años antes ! ¡ Nos quedan ya tan pocos para pasar la vida juntos , sin las penas que me han llenado de canas ! . . . — Vamos , no te quejes , ingratona — respondía su marido examinándola con los ojos , de pies á cabeza , después de desprenderse de sus brazos , — que más tengo yo , y menos lucido me veo de pellejo , y con más averías en el casco . Ahora , que trabaje otro mientras yo descanso . Veremos cómo engorda Sama con el oficio que le dejo por herencia . El camino bien le sabe . Lo peor es el barco , que no está ya para muchas borrascas : lo mismo que su capitán . Fortuna que , al cabo de tanta brega , se ha sacado para la vasallona y darse uno la última carena en puerto seguro . Á la sazón era don Pedro Colindres un señor grueso , atezado , de patillas y pelo casi blancos ; y su mujer , una hermosa matrona , de cabeza gris y majestuoso porte . La cual , continuando la conversación con su marido , que la miraba embelesado , llegó á decirle : — ¡ Mucha , muchísima falta estabas haciendo ya para eso , Pedro ! — Pues ¿ qué le pasa , Andrea ? — No lo sé ; pero , desde hace quince días , no es el que era ; y en los ocho últimos le desconozco tanto , que me da pesadumbre . Ni come de traza , ni duerme con sosiego , ni creo que sabe por dónde va . Anoche se metió en casa muy temprano , hecho un palomino atontado , y , por más que le tiré de la lengua , no le pude arrancar una palabra . ¡ Con lo alegre que él era y lo . . . ! — Aprensiones tuyas , Andrea , aprensiones tuyas ; porque las mujeres ¡ tenéis un modo de querer ! . . . — ¡ Te digo que no son aprensiones , Pedro ! — Pues yo bien sereno le he visto esta mañana , y maldito si he notado en él cambio ninguno .
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