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Á los dos pasos sobre la percha , se le fueron los pies ; perdió el equilibrio , y cayó al agua dando tumbos y pernadas en el aire . Entonces se le tuvo por algo así como un chimpanzé , derribado por una bala desde la copa de un árbol de los bosques vírgenes del África . Resoplando en el agua verdosa , buceando y revolviéndose en ella como si fuera su natural elemento , un ballenato pintiparado . Á todo se parecía menos á un hombre de raza europea . Y como él tomaba el bureo por aplauso á sus donaires , en cada tentativa de asalto á la cucaña hacía mayores barbaridades . Desde las primeras , estaba Sotileza con grandes deseos de marcharse de allí ; y como á tía Sidora le pasaba lo mismo y á tío Mechelín no le divertían gran cosa , armáronse los remos de la barquía , y fuése ésta poquito á poco hacia la calle Alta . El lector y yo nos apartaremos también de aquel espectáculo que , con Muergos y sin ellos , cansa muy pronto á los más pacientes espectadores . XXIII LAS HEMBRAS DE MOCEJÓN Por la noche rebosaba de parroquianos la Zanguina , y apenas cabían los sobrantes en los arcos de afuera . Los ochavos de la cucaña se habían partido entre los que luchaban por ellos ; y así y todo , fué necesaria una trampa , consentida por quien pudo no pasarla , para llegar sin zambullida hasta el extremo de la percha . Muergo , que no hallo los zapatos al retirarse , después de rascar malamente el sebo que se le había agarrado al pellejo durante la brega y á pesar de los remojones , se había propuesto invertir su ganancia correspondiente en darse un regodeo de estómago y en un moquero blanco para regalar á Sotileza . Porque aunque de pronto le costó un berrinche la pérdida de los zapatos , considerando después que éstos de nada habían de servirle , puesto que no se amañaba á andar con ellos , acabó por darlos al olvido . Así es que , mientras el Cabildo entero se agitaba en su derredor comentando á gritos el suceso de la tarde , él , callandito y descuidado , atiborraba el cuerpo de fritanga y pan del día , con largas intermitencias de lo tinto , especialmente cuando el diablo le amontonaba en la memoria el suceso aquél de la bandera después de la regata ; los verdascazos de por la mañana , cuando soñaba con cosa bien distinta , y hasta su encuentro nocturno con Andrés , cuyo relato no había podido hacer á Sotileza . . . ¡ Andrés ! . . . ¡ Bien de veces le vió él aquella misma tarde rondando la barquía callealtera con su bote ! ¡ Y qué ojos echaba el tunante á algo de lo que había en ella ! Para matar este gusanillo , latigazo doble ; y así iba capeando el temporal tan guapamente . En un grupo de los de afuera departía el padre Apolinar , muy sulfurado . Tomando lenguas de unos y de otros , había llegado á saber que su panegírico de los Santos Mártires de Calahorra no había gustado cosa mayor al Cabildo , y hasta que , en opinión de algún escrupuloso , el sermón no valía . Esta indignidad traía desconcertado al santo varón . — ¡ Cuerno con los doctores de sueste ! — exclamaba el fraile . — Pues ¿ á qué estarán acostumbrados , jinojo ?
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