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Verdaderamente daba Sotileza á don Pedro Colindres mucho más de lo que éste había ido á buscar á la bodega de la calle Alta ; pero el capitán no debía confesarlo allí , porque entendía que la confesión no realzaría gran cosa la calidad de los pensamientos generadores de aquel paso . Por eso dijo á Sotileza , por todo comentario á sus declaraciones : — Aunque aplaudo esa honrada modestia que tan bien te está , quiero que sepas que esta vez has pecado conmigo de maliciosa . . . Y no hablemos más del asunto , si os parece . Olvídese todo ; contad conmigo como siempre , y aun mejor que nunca . . . y cuídate mucho , Miguel . Adiós , Sidora . . . Adiós , guapa moza . Y salió de allí don Pedro Colindres , bien convencido de que si en su casa continuaba agitándose la cola del escándalo de marras , no sería por obra de la familia de Mechelín . Esto simplificaba mucho el conflicto que le había lanzado á él á la calle ; y por creerlo así , volvía al lado de la capitana bastante más tranquilo que cuando se había apartado de ella . Entre tanto , Silda , acudiendo al hechizo que tenía su voz para el asombrado matrimonio , se despachaba á su gusto , dando á sus palabras dirigidas al capitán el sentido más apartado de su verdadera significación . ¿ Se dejaron engañar los pobres viejos ? Parecía que sí , pues no debió tomarse por señal de lo contrario la postración en que volvió á caer el dolorido marinero , apenas le dejaron solo las mujeres para disponer la una un nuevo reparo , y prepararle la otra una escudilla de caldo con vino de la Nava ; ni la extraña expresión que había quedado estampada en la faz de tía Sidora . Con las emociones de la inesperada escena , se podían explicar ambas cosas , sin tomarlas por señales de una nueva pesadumbre . XXVI MÁS CONSECUENCIAS Andrés salió de su casa , porque necesitaba el aire y los ruidos y el movimiento de la calle para no ahogarse en la estrechez de su gabinete , y no volverse loco con la batalla de sus cavilaciones . Además , su padre le había arrojado de ella y condenado á no volver á verle mientras en su cabeza germinaran los mismos pensamientos que habían producido aquella tempestad en el seno de la familia ; y Andrés , que por gustar entonces los primeros amargores de las contrariedades de la vida , tomaba los sucesos en el valor de todo su aparato , ni hallaba fuerzas en su voluntad para imprimir nuevo rumbo á sus ideas , ni desparpajo bastante en su juvenil entusiasmo para desarmar la cólera de su padre con una mentira . Salió , pues , de casa para cambiar de ambiente y de lugares ; para huir de lo que más de cerca le perseguía , y para pedir al acaso de los ruidos , de las multitudes y de los misterios de la noche , un dictamen ó , cuando menos , una tregua que no podían darle ni la soledad de su cuarto , ni la pesadumbre de aquellos muros , para él caldeados por la cólera de su familia .
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