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Algo más tarde , cansado de meditar y de temer , estiró las piernas sobre el banco en que se sentaba ; apoyó el tronco contra la pared ; cruzó los brazos sobre el pecho , y quiso facilitarle su conquista al sueño , que tanto necesitaba , apagando la luz , que es enemiga del reposo ; pero desistió de su propósito , porque no se atrevía á quedarse á obscuras y solo con sus alborotados pensamientos . XXVII OTRA CONSECUENCIA QUE ERA DE TEMERSE Por rara casualidad estaba don Venancio Liencres en casa cuando llegó á sus puertas la capitana preguntando por él , precisamente por él . Cierto que se hallaba ya con el sombrero puesto para salir á perorar un rato en el senado del Círculo de Recreo , donde á la sazón se agitaba entre los senadores no sé qué punto de transcendencia para las harinas castellanas , las obras del ferrocarril y los cueros de Buenos Aires ; pero , en fin , estaba en casa , y recibió á la madre de Andrés sin visible disgusto , y á solas como ella quería . Allí , anegada en llanto , y en el secreto de la confesión , declaró Andrea á don Venancio todo lo que les estaba pasando con su hijo . Temía que en las respuestas dadas por éste á su padre se envolviera un propósito de casamiento con la tarasca callealtera . Y esto no podía suceder , porque sería la perdición de él , la vergüenza de toda su familia y el escándalo del pueblo . El capitán estaba ya dando los pasos necesarios para enterarse mejor de la magnitud del peligro ; pero esto no bastaba : era preciso que don Venancio mismo , que tantos títulos reunía para merecer el respeto del desatinado mozo , le hablara al alma , le amonestara , se le impusiera ; y que por Dios , y que por los santos . . . Y lágrima va , y sollozo viene . Y don Venancio no salía de su asombro , sino para considerar lo mucho que debía valer la fuerza de su palabra , cuando á ella seguía acudiendo la capitana en los conflictos más graves de su vida . Excusado es decir que la tranquilizó con un discurso , prometiéndola que todo se arreglaría del mejor modo posible . La capitana llegó á su casa antes que su marido ; y don Venancio Liencres entró en el Senado con el talante de los grandes hombres satisfechos de llevar entre los cascos el hervor de un gran problema . Cuando volvió para cenar , rodeado de su familia , ni su señora pudo resistir un solo momento más la curiosidad de saber á qué había ido la capitana á tales horas y de tal modo á su casa , ni él dominar el deseo de declararlo todo en aquel instante solemne , con el santo fin de que se viera lo que llegarían á ser jóvenes tan irreflexivos como Andrés , sin hombres de maduro seso y legítima autoridad que los volvieran á la senda de sus deberes .
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