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VIII EL ARMADOR DE LA « MONTAÑESA » Perfectamente , señor don Pedro ; todo lo que usted me cuenta , todas las noticias que me da , junto con los resultados obtenidos , prueba de nuevo que la Montañesa es una finquita más que regular ; en lo que no tiene poca parte la mano de su administrador , que la trae y la lleva por esos mares de Dios con una suerte rara . Verdaderamente tiene usted mano de ángel . Hasta los huracanes , una vez empujándole y otras deteniéndole , parece que están á su servicio , á fin de que el buque llegue á puerto en hora de sazón para el negocio de la casa . . . Que siga unos cuantos años todavía alumbrándole tan buena estrella , y . . . Á propósito de azares de la mar : ¿ persiste usted en hacer marino al único hijo que tiene ? Decía así don Venancio Liencres , comerciante rico y armador de la Montañesa , hablando con su capitán , al día siguiente de lo narrado en el capítulo anterior , en el triste y empolvado departamento señorial del mezquino escritorio que tenía en el entresuelo de una casa del Muelle . Rato hacía que estaban solos allí los dos : el comerciante , mal vestido y peor sentado en el sillón de paja de su pupitre , sobrecargado de fajos de cartas sin contestar y de muestras de azúcar , harinas y cacao , y el capitán en el sofá roñoso de enfrente , debajo del retrato de la Montañesa , igual al que tenía él en su casa , y de un papel con los Días de correo á la semana , clavado en la pared con tachuelas amarillas , sobre un ribete de ligueta encarnada . Mientras el comerciante hablaba así , manoseaba , con notorio cariño , después de haberle plegado cuidadosamente , el extracto de cuenta del último viaje de la fragata , que apresuradamente , y para gobierno suyo , le habían hecho en el contiguo departamento , cuya puerta de comunicación había cerrado el capitán , por encargo de don Venancio , después de entrar por ella . Bitadura se quedó un poco suspenso con la pregunta del comerciante , tan inesperada como extraña para él . Inesperada , porque era la primera vez que aquel hombre le hablaba de su hijo ; extraña , porque jamás se le había ocurrido que Andrés pudiera seguir otra carrera que la de marino . Por eso , sin salir de su medio asombro , respondió con esta otra pregunta : — Y si no le hago marino , ¿ qué va á ser ? — Cualquier cosa . . . Todo es preferible á esa carrera de azares en que el hombre de mejor corazón y de más suerte , no puede conseguir jamás lo que logra sin esfuerzo cualquier perdulario que no sea marino : la vida de familia . Bien lo sabe usted .
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