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IX Desde que le había conocido , poco más que de vista , en casa de mi tío , sentía yo gran deseo de echar un párrafo a mi gusto con el médico de Tablanca ; porque se me antojaba que en aquel mozo había más « cantera » de la que se halla en el tipo usual y corriente de los hombres de su edad y circunstancias . Y resultó la cantera a los primeros desbroces ; a flor de tierra , como quien dice . Como me había visto acercarme a su casa , salió a recibirme hasta el portal con una ropilla casera , poco más que de verano , a pesar de la frescura invernal del ambiente que corría ; pero con buenos abrigos de carne blanca y rolliza que le asomaba en ronchas por los puños recogidos de su camisa de dormir y por encima del leve cuello de la americana . Condújome escalera arriba por una de pocos tramos ; después , por un pasadizo corto , y , por último , me introdujo en una salita con solana y gabinete , la cual , por los muebles y los libros que contenía , supuse desde luego que le serviría de despacho . Sentámonos frente a frente en cómodos , aunque no ricos ni elegantes sillones , con una mesita entre los dos , cargada de papelejos , una plegadera , cajas de fósforos llenas y desocupadas , cenicero con colillas , una petaca de suela y una bolsa abierta de cirugía ; y hubo primeramente las vaguedades acostumbradas en toda visita ; después fumamos , sin dejar de hablar del tiempo , por lo inusitado de su relativa templanza , ni del juicio que iba formando yo de aquella tierra , para mí desconocida hasta entonces ; luego tocamos el punto de las condiciones higiénicas del valle ; y por este resquicio salió a relucir la quebrantada salud de mi tío Celso , sobre la cual tenía yo muchos deseos de hablar con el mediquillo aquél . Es más difícil de lo que parece mostrar ingenio , discreción , tino y , sobre todo , arte en las trivialidades y pequeñeces que son el tema obligado a los comienzos de esas visitas « de cumplido » que todos hacemos , que hace todo el mundo . Es más fácil ganar una batalla campal que entrar a tiempo y bien entonado en esas insustanciales sinfonías de la comedia que va a representarse después . Yo tengo el valor de declarar , por lo que a mí concierne , que casi siempre que me veo en esos trances , entro a destiempo y desafinado , y que cuanto más me empeño en enmendar las pifias , peor lo pongo . Pero válgame el consuelo de que llevo vistas mayores torpezas que las mías y hasta enormes inconveniencias y sandeces donde menos eran de esperarse por la calidad refinada de los actores . Pues bien : precisamente en ese mismo peligroso trance fue donde empecé yo a vislumbrar la « cantera » de aquel mozo , despechugado y casi en ropas menores , mediquillo simple de una aldehuela sepultada entre montes , en presencia de un elegante de Madrid , harto de correr el mundo de los ricos desocupados ; y no seguramente por lo que me dijo ni por lo que hizo , sino por todo lo contrario : por lo que se calló y por lo que no quiso hacer , o mejor todavía , por lo bien que supo callarse y estarse quieto , y escoger lo que me dijo y el modo de decirlo .
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