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Después se puso a rezar por lo bajo ; y a medida que se le calmaban las angustias iba cerrando los ojos , hasta que acabó por quedarse dormido ; y así dormitando y despertando a cada instante , pasó mucho tiempo . Hacia la madrugada desapareció por completo el ataque , y durmió el enfermo tranquilamente y de un tirón , cerca de dos horas . ¡ Pero qué ganas había tenido yo durante la noche de avisar a Neluco , y qué ansiedad la mía por que amaneciera ! Cuando amaneció , al fin , tiritaba yo de frío . . . y de tristeza , sentado a la cabecera de la cama de mi tío , después de haber visto desde la solana de mi cuarto que no se presentaba el nuevo día más risueño que el anterior , y de enviar recado a Neluco para que anticipara la visita cuanto le fuera posible . XXIII En cuanto mi tío se halló libre del ataque al despertar del sueño , relativamente tranquilo , que yo le había velado desde el amanecer , y vio el cuarto alumbrado por la luz del día , aunque parda y melancólica , olvidóse de las mortales angustias que había sufrido pocas horas antes , y no tuvo ni declaró otro deseo que el de saltar de la cama para hacer la vida de costumbre . Dios y ayuda nos costó reducirle a que siquiera nos escuchara las razones que teníamos para oponernos a su irreflexivo y peligroso empeño . Neluco , que ya se hallaba presente y bien enterado de todo lo ocurrido durante la noche , tuvo que enfadarse de veras y hasta faltarle un poquillo al respeto . Si no por las buenas , por las malas tendría que quedarse aquel día en la cama , y el siguiente , y el otro , y todo el tiempo que durase el temporal de nieve . Había que evitar a todo trance los enfriamientos . . . Después , ya se vería . A lo cual respondió don Celso , echando lumbre por los ojillos de raposo y apretando los puños de coraje : — ¡ Para ti estaba ! ¡ para ti y para todos los de tu arrastrado oficio , mediquín trapacero del cascajo ! ¿ Por quién me tomas ? ¿ De qué madera te has pensado que soy yo ? Me levantaré . . . o no me levantaré , conforme y según me vea de agallas ; pero no porque se le antoje así o asao a ningún enterrador de vivos . . . porque enterrar en vida es ¡ cuartajo ! tener en la cama días y días a un hombre como yo , sin calentura ni dolores . Al cabo se entregó , más que por convencimiento , por falta de fuerzas para salirse con la suya ; pero volvió la cara hacia la pared refunfuñando protestas e improperios como un chiquillo contrariado . Despachado este asunto y mientras íbamos a ver a Chisco , decía yo al médico que acaso tuviera razón mi tío en su porfía con nosotros . ¡ Era tan extraordinaria su naturaleza ! — No hay naturaleza que valga — me respondió Neluco — , a cierta edad de la vida y con determinadas enfermedades . — Pero ¿ tan grave es ésta que padece mi tío ? — le pregunté . — Ya le he respondido a usted en otra ocasión a esa pregunta . — Efectivamente .
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