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— ¡ Ahora no ! ¡ ahora no ! — me dijo después de vacilar un poco — ; cuando no pueda más . . . cuando la carga me rinda de too , ¡ estonces ! ¡ estonces ! . . . y a usté solo . . . Y , por caridá de Dios , don Marcelo : que , hoy por hoy , no sepa ná de estos espantos que me acaban , el señor su tío . . . ¡ ni naide , si ser pudiera ! . . . Apartóse de mí con esto y huyó a encerrarse en su cuarto , mientras volvía yo al de mi tío seriamente preocupado y sin saber qué pensar de aquellas cosas tan raras . Nada ocurrió , por fortuna , que hiciera necesaria la presencia de la infeliz mujer en ninguna parte de la casa aquella noche . La cual debió ser bien terrible para ella ; porque apenas me hube levantado yo de la cama al día siguiente , y eso que madrugué tanto como el sol , apareció como un fantasma en mi cuarto , después de haberme pedido permiso para ello entreabriendo la puerta con mucho cuidado . Tenía los ojos hundidos y circundados de una aureola cenicienta ; parecía que le habían chupado las brujas los pocos jugos de la cara , sobre la que caían , por debajo del pañuelo atado a la cabeza , encrespados mechones de cabellos grises ; le temblaban los resecos labios , y salía de su garganta la voz enronquecida y como rechinando . Dejóse caer de rodillas delante de mí , y pidió por todos los santos del cielo que la oyera como en confesión . — Porque — me dijo por último , entre sollozos mal comprimidos y espasmos de todo el cuerpo — , ya no puedo más con la carga , y llegó la hora de quitármela de encima o de morir debaju de eya . Hice , ante todo , que se incorporase y que se sentara en una silla , cerré por dentro la puerta del gabinete , sentéme yo enseguida junto a la infeliz mujer , y me dispuse a oírla , conforme ella lo deseaba , después de dirigirla palabras de conmiseración y de aliento . XXV Dos partes tuvo la confesión de Facia . En la primera me declaró todo lo que yo sabía perfectamente por boca de Chisco : la historia de su desdichada unión con el pícaro baratijero contra la voluntad y las sabias advertencias de mi tío , que era como su padre y señor . Por desoírle , decía la infeliz , había faltado a la ley de Dios , y por esta falta había venido el castigo de sus desventuras ; desventuras que ella había sufrido , aunque con muchas lágrimas , sin una sola queja . Era su deber . Que arrastrara la vida como una carga afrentosa ; que las pesadumbres y los dolores fueran minándola y consumiéndola por donde nadie más que ella lo notara ; que encanecieran sus cabellos fuera de sazón y que no hallara , para reponer las fuerzas gastadas en los trabajos y cavilaciones del día , el descanso de la noche , la tranquilidad del sueño que no le falta al pordiosero que mata el hambre llamando de puerta en puerta y errando de monte en monte , con un zurrón a la espalda y un paluco en la mano , ¿ qué importaba ?
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