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XXVI En aquel momento entraba Neluco . Yo no había visto al enfermo más que un instante después de saltar de la cama ; nada había respondido a mis preguntas porque dormitaba , y a la escasa luz que entonces aclaraba un poco las tinieblas del dormitorio , nada tampoco me había chocado en su aspecto ; pero al observarle nuevamente y a mejor luz , ya me pareció cosa muy distinta . Estaba mucho más anheloso que por la noche , más azulado de color , más vidrioso de mirada , y , sobre todo , muy atormentado por la tos y muy inquieto en la cama . Miré a Neluco , que le estaba pulsando , y leí en su cara sombría la confirmación de mi diagnóstico . De pronto , nos dijo él con voz tenue y silabeando casi las palabras por no alcanzar a más sus alientos : — Hoy no me gusto pizca , muchachos . Nos miramos el médico y yo , y le preguntó éste : — ¿ Por qué lo dice usted ? — Porque me encuentro peor que el día en que más malo me he visto . — Aprensiones de usted , — dije yo , por decir algo que le animase . — Eso ha de verse pronto — respondió el enfermo . Neluco , entre tanto , continuaba pulsándole , ora en una muñeca , ora en la otra ; arrimó el oído a su pecho , encima del corazón , y le descubrió y palpó las piernas hasta la rodilla ; hízole varias preguntas luego , y , por último , se quedó un buen rato arrimado a la cama y mirándole fijamente , con la cabeza algo caída , como si no supiera qué decirle o lo estuviera discurriendo en vista de los fenómenos que observaba . Yo estaba enfrente de Neluco , arrimado a la cama también ; y a la puerta de la alcoba , con los brazos cruzados y en pie , como dos estatuas de la melancolía y de la curiosidad , Facia y su hija esperando órdenes . Las primeras fueron de mi tío para pedir « otra almohada » , y eso que pasaban de tres las que le servían de apoyo para sus espaldas y cabeza . Mientras las dos mujeres cumplían el mandato y mullían y arreglaban el montón resultante para menor incomodidad del enfermo , salió Neluco del dormitorio y yo tras él , por una seña que me hizo . — Esto va por la posta — me dijo , de modo que no lo oyera el enfermo . — ¿ Tan grave le halla usted ? — preguntéle . — Gravísimo — me respondió — . Cuestión de horas más o menos . Así es que si apunta el menor deseo de confesarse , no se le contraríen por ningún miramiento ; y si no le apunta . . . procuren ustedes apuntársele . No le dispongo nada nuevo , porque todo sería inútil , incluso la mortificación de una cantárida . La hinchazón de las piernas , como usted habrá visto , ha tomado esta noche un gran incremento . . . el propio y natural del avance repentino que ha dado la enfermedad , quizás por el rápido descenso que ha habido en la temperatura esta madrugada . . . porque no sé si habrá usted notado que hace un frío desde el amanecer , que corta un pelo . Esto del frío produjo en mi imaginación un trastrueque súbito de ideas ; y olvidando al enfermo , no me acordé más que de la intentona dispuesta por los tres forajidos para aquella noche ; y así es que pregunté a Neluco con la misma avidez que pudo hacerlo Facia en sus « mejores días » de espantos y congojas : — ¿ Cree usted que nevará ? — Y de firme — me respondió Neluco — . Todos los síntomas son de una nevada de las más copiosas y duraderas que se descuelgan por acá .
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