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— ¡ Eso es ! — refunfuñó mi tío — . Para consuelo de mis ajogos , ríñeme y vociférame , ¡ pispajo ! — ¡ Qué te he de reñir , hombre , qué te he de reñir ! — díjole entonces don Sabas , que enfrente de aquellas ruinas miserables del amigo y camarada de toda su vida , no acertaba a contener los lagrimones que le brotaban en los ojos — , ¡ ni cómo te he de vociferar ! . . . ¡ Pues bueno estaría ello , jinojo ! . . . sino que , como he venido , pude no venir , por causa de fuerza mayor . ¡ Y figúrate tú entonces ! ¡ figúratelo , Celso ! . . . Vaya — añadió interrumpiendo de pronto su discurso y pasando la mirada por el cuarto y acentuándola con un movimiento de sus brazos , muy significativo — : aquí sobran todos menos el enfermo y yo ; porque lo que va a pasar entre nosotros , no admite más testigo que uno , que es el Señor y juez de vidas y almas . Salimos los que sobrábamos y cerró don Sabas la puerta por dentro . Yo no sé lo que pasó por mí entonces ; pero declaro que me sentí muy conmovido y que hasta lloré , disimulándolo mucho , como si fuera una debilidad indigna de los hombres fuertes . ¿ Procedían aquellas lágrimas vergonzantes del contagio de otras más francas ? ¿ Eran arrancadas de mi corazón por la pena de ver a aquél , mi pariente en estado tan mísero y compasible ? ¿ Me las producía aquella rara escena que acababa de presenciar entre el Cura y el enfermo , a través de cuya tosca urdimbre se dejaban ver fondos y lejanías admirables ? Quizás hubiera en ellas algo de todos y cada uno de estos ingredientes ; pero el hecho es que yo lloraba , aunque no tanto como las mujeres que se agrupaban junto a mí , mientras iban entrando de puntillas en el salón en que estábamos muchos de los tertulianos de la cocina que se habían amontonado en el carrejo después de la llegada del Cura , transidos de pesadumbre . . . y de curiosidad . La luz que Facia había encendido en la lamparilla del dormitorio al salir de él , y que aún conservaba en la mano , iluminaba un poco aquellas fauces entenebrecidas ; y así pude entreverlas atascadas , materialmente , de figuras apiñadas y oscilantes que miraban hacia nosotros con impaciencias voraces ; y aun hubiera jurado yo que allá en el fondo , detrás de toda la masa , pero alzándose un codo sobre la cabeza del más talludo , relucían , como dos linternas en un túnel , los ojazos verdes y saltones del gigantón de la Castañalera . XXVII Al cabo de un buen rato me pidió Mari Pepa muchas cosas que , a su juicio , iban a ser necesarias allí muy pronto . Yo , delegando en ella y en su hija cuantas atribuciones tenía en la casa , las entregué las pocas llaves que guardaba , y mandé a Facia que se pusiera a sus órdenes con las restantes . Para despachar bien y pronto lo que proyectaban , era indispensable que se volvieran a la cocina los tertulianos que , dispersos por aquí o en rebaños por allá , todo lo obstruían . . . y apestaban , y no había manera de revolverse entre ellos . Hízose así al punto por mi mandato , y empezaron las dos mujeres a saquear alacenas , armarios y cajones . Facia guiaba , y yo seguía como un autómata a las tres .
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