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Y como en esto alumbraba el sol ya muy a menudo , volvió la mujer gris a hacer de las suyas y a preguntarme a cada paso con sus ojos angustiados , por no atreverse a hacerlo de palabra , en qué pararía la noche menos pensada lo que había quedado pendiente en la de la muerte de su amo . La verdad es que yo , si no lo había echado enteramente en olvido , después de pensarlo mejor y de enlazarlo con los recientes sucesos que tan radicalmente habían transformado el modo de ser de aquella casa , vivía muy descuidado de ello , y hasta me causaba cierto ruborcillo recordar la importancia que había llegado a concederlo , sugestionado quizá por los espasmos histéricos de la pobre Facia . Respondía una vez a sus miradas hablándola en ese sentido para tranquilizarla mejor ; mas no pude averiguar si logré lo que me proponía , porque desde el compromiso que había adquirido conmigo sobre la manera de conducirse en aquel asunto , no me dejaba traslucir la verdad de sus sentimientos . Pero si alguna confianza le inspiraron mis palabras aquel día , bien poco le duró a la infeliz ; porque a la mañana siguiente , tras una noche de lluvias torrenciales , apareció radiante el sol en un cielo sin nubes , y el suelo del valle y las laderas de los montes desnudándose a toda prisa de sus blancas y espesas envolturas , que , convertidas en arroyos cristalinos y murmurantes , corrían por prados y regateras a sumirse en el álveo del Nansa , henchido ya hasta las malezas de sus bordes , entre las cuales iba dejando el río la carga de sus espumas . XXX Señalado fue también de veras , ¡ bien señalado ! , aquel día para la casona de Tablanca y para el pueblo . El mismo gigantón de la Castañalera me aseguró que , con estar los caminos intransitables y los puertos a medio desnevar , habían sido aquéllos los funerales más pomposos que se habían celebrado en la parroquia , en cuanto podía acordarse él ( y eso que la extensión de sus recuerdos andaba rayando con un siglo ) , por lo tocante , en particular , al número y calidad de los concurrentes forasteros . Entre el clero , que fue muy numeroso , acudió lo más afamado de la vicaría en el canto fúnebre , y , por ende , no faltó el párroco de Zarzaleda , que era una especialidad muy admirada , y no sin razón de fundamento , para entonar el Dies irae con su voz atenorada y vibrante , que ponía los pelos de punta a los fieles más duros de conmover ; y concurrieron también con estos párrocos muchos de sus feligreses que , sin parentesco ni afinidad personal alguna con el difunto , eran fervientes admiradores de su buena fama . Pero no fue este contingente , ni por lo numeroso ni por el ruido que movían sus espelurciadas cabalgaduras en las callejas del lugar , lo que más llamó la atención en él , sino el otro contingente , el de los señores que fueron llegando a la casona por todos los senderos de los montes circundantes .
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