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Me quedé estupefacto . ¿ Era aquello broma ? ¿ Era abnegación ? ¿ Era arranque patriótico ? Le declaré mi asombro , y me dijo : — Desde que vino usted a Tablanca , está empeñado en ver visiones a ese propósito . Lo sé por algo que usted me ha dicho y otro poco que ha dejado traslucir . En una ocasión le pinté la casta y los motivos del cariño que nos tenemos los dos . Lo que entonces le dije era la pura verdad , y la mejor prueba de ello , lo que acabo de proponerle y tanto asombro le ha causado . Crea usted que con todo lo que le estimo y le considero , no llevaría mi abnegación hasta el punto de brindarle con prenda de tan alto valer , si fuera mía en el sentido que usted se había imaginado . Esto sin contar con que , aun sin ese soñado compromiso , sabe Dios lo que la huéspeda pensaría de estas cuentas , si nos estuviera escuchando por el ojo de esa cerradura . Instintivamente volví los ojos hacia la puerta . Entonces soltó una carcajada Neluco , y comprendí que no sabía yo llevar la broma con la frescura que el caso requería . Cambió discretamente de conversación el médico ; dimos poco después unas vueltas por la salona , hablando . . . no recuerdo de qué trivialidades ; fuese al cabo de un corto rato , y quedéme otra vez solo ; pero ¡ cosa extraña ! sin inquietudes ni tristezas . XXXII ¡ Vaya si me dio que pensar la ocurrencia de Neluco ! Está visto que el mayor interés de las cosas no depende de las cosas mismas , sino de sus circunstancias y accidentes . Aquel mismo pensamiento , expresado en voz alta por el médico , había pasado en silencio por mi mente poco antes sin dejar en ella el menor rastro . . . Cierto , de toda verdad . Pero ¿ de qué había nacido el obstinado empeño que yo tuve desde que llegué a Tablanca y conocí a la nieta de don Pedro Nolasco , en averiguar « lo que había » entre ella y Neluco , dando por supuesto que « había algo . . . » y que tijeretas han de ser ? Al fin y al cabo , ¿ qué me importaba a mí que lo hubiera o no lo hubiera ? Híceme estas preguntas , porque enlazando sus motivos con el efecto que me había causado la inesperada ocurrencia del empecatado mediquillo , cabía suponer la existencia , en que jamás había creído , de ciertas corrientes misteriosas por lo más hondo e inexplorado del corazón . . . De todas maneras , existieran o no esas corrientes , el coincidir Neluco y yo , por impulso propio y espontáneo , en un punto tan singular y concreto ; yo esbozando la idea mentalmente , y él , como si me la hubiera leído en el cerebro , presentándomela después con visos de realidad , era sobrado motivo para consagrar al caso toda la atención que yo estaba consagrándole . No se dan todos los días , en situaciones semejantes , coincidencias de ese calibre .
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