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¿ Y Lituca ? ¿ Qué diría de mi marcha cuando tuviera noticia de ella ? Y al dársela yo y al despedirme , ¿ dejaría las cosas como estaban ? ¿ Levantaría un poquito más la punta del velo , o no la levantaría ? Pensé mucho sobre éstas , al parecer , pequeñeces , que eran , sin embargo , piezas muy considerables del cimiento en que se apoyaba la armazón de mis hipótesis ; y al fin tuve que resolverme por la afirmativa , aunque en su grado mínimo , cuando vi los esfuerzos que costó a la pobre disimular a medias el deplorable efecto que le causó la noticia . Pero así y todo , o quizás por lo mismo , en aquella visita no se rió una sola vez con las veras de antes ; ya al despedirme yo « hasta la vuelta » con un apretón de manos muy elocuente , tuvo que darme con los ojos acobardados la respuesta que le faltó en sus palabras descosidas . En cambio , Mari Pepa , a quien me costó mucho trabajo convencer de que mi marcha no era « la del humo » , como ella la había calificado de pronto , habló y jaraneó y se despidió por todos los de su casa , incluso el octogenario , que no había dicho diez palabras , y ésas monosílabas y como otros tantos estampidos . Los tres bajaron conmigo hasta la corralada , desde cuya puerta les di el último adiós , con los ojos y el pensamiento fijos en Lituca , cuya expresión de pena bien sentida le agradecí en el alma . Dos días después me despedía en Reinosa del Cura y de Neluco que me habían acompañado hasta allí , y de Chisco que había ido tirando del rocín que conducía mis equipajes ; me acomodaba en los blandos almohadones de un coche del ferrocarril , y comenzaba a rodar hacia las llanuras de Castilla , con la vista errabunda por los horizontes , aún no abiertos a mi placer , y la cabeza atiborrada de pensamientos insubordinados e indefinibles . XXXIII No puedo negar que me encontré muy a gusto en mi casita de la calle de Arenal , tan bien « vestida » , tan elegante , con todas las cosas tan a la mano y tan a la medida de mis necesidades . No me veía harto de pisar el suelo alfombrado , de arrellanarme en los blandos sillones , de contemplarme en los espejos de los armarios , de recrear la vista en los cuadros de las paredes y en los bronces y porcelanas que coronaban los muebles de fantasía o guardaban las artísticas vidrieras , ni de tender mis huesos en la mullida y voluptuosa cama a esperar el sueño , que no tardaba en llegar , como un aleteo suavísimo de geniecillos bienhechores . ¡ Qué poco se parecía todo aquello a la casona de Tablanca , tan grande , tan vieja , tan desnuda . . . y tan fría ! También me hallé muy complacido entre el grupo , no muy numeroso , de mis íntimas amistades , lo mismo cuando departíamos sobre lo ocurrido en el escenario de nuestro mundo desde que yo faltaba de él , que cuando servían de motivo a sus bromas la « pátina montaraz » de que veían empañada toda mi persona , o las nuevas aficiones a las cuales me mostraba inclinado , aunque cuidando mucho de no descubrir el oculto resorte del aparente milagro .
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